Capítulo 9

 

Los días que le sucedieron al Nacional fueron los peores días de la vida de Elisa. Tan malos fueron que hasta superaron el dolor y la frustración que le provocó la venta de su primer petiso para pagar una deuda de juego de su padre.

Todo comenzó a la mañana siguiente al torneo, cuando fueron al club a preparar los caballos para el viaje y se dieron cuenta de que los integrantes del Equipo Ecuestre del Norte ya se habían ido. Los planes eran reunirse todos alrededor de las 9 de la mañana para desayunar en el club y festejar la victoria para luego cargar todo en los remolques y partir hacia el aeropuerto. El Dr. Benítez era el único que estaba al tanto del inesperado cambio de planes –Darcy lo llamó a última hora de la noche-- y omitió decírselo a las chicas hasta el día siguiente. Al parecer se enteraron de un problema con los papeles para el lazareto y la aduana así que el equipo decidió salir antes del amanecer para terminar con los trámites, hospedándose en Ezeiza hasta su partida el día siguiente.

Elisa estaba desilusionada y Julieta muy dolida. Había hablado por teléfono con Carlos temprano la noche anterior y él no le mencionó nada de este cambio. Es más, habían quedado en encontrarse a la mañana para darse un beso de despedida. Julieta estaba confundida y no entendía porque le mintió de esa manera. Elisa, en cambio, se sentía descartada, tratada como una empleaducha de cuarta que ni siquiera se merecía un ‘adiós piba, gracias por los servicios prestados’. Hubiera querido despedirse de Tuareg, desearles buena suerte en Europa y, aunque sea por un día más, sentirse parte de ese magnífico equipo. Pero esta partida tan repentina la hizo darse cuenta de lo poco que significaba para ellos. Se sentía una basura  y su estatus de ‘petisera’ de estos ricachones orgullosos –por no decir oligarcas-- nunca le dolió tanto.

Las chicas cargaron sus cosas en el auto del Dr. Ramírez y emprendieron el largo camino a casa. Pero allí, las cosas distaban mucho de mejorar, al menos para Elisa.

—Elisa, querida, al fin llegaste. —Le dijo Adela con una amplia sonrisa. —Mirá quien vino a visitarte.

A Elisa se le revolvió el estómago. Lo único que quería era ir a su cuarto y llorar hasta quedarse dormida, pero ahí, sentado en el sillón del living, estaba el pesado de Guillermo Colina.

—Luli, mi pequeña, que gusto verte. La otra noche no pudimos despedirnos como se debe. ¿Cómo estás? ¿Qué te pareció el torneo?

Elisa dejó su bolso en el suelo y no se movió.

—Yo me voy para la cocina que tengo la comida en el fuego. ¿Te sentás con Gonzalo un ratito, Luli? — preguntó Adela haciendo un ademán para que su hija se acercara.

Gonzalo palmeó el almohadón junto a él mientras se le dibujaba una sonrisa picarona en el rostro. Adela se fue diciendo un ‘pórtense bien, chicos’ que dejó más que preocupada a Elisa.

—Que impresionante la victoria de Guillermo Darcy, ¿no? Doña Carmen me manifestó el orgullo que sentía por el éxito de su sobrino. Hubiera querido estar allí para aplaudirlo, pero tuvo que quedarse en Córdoba debido a compromisos previos. Igualmente tengo entendido que hablaron por teléfono por la noche y le expresó sus más sinceras felicitaciones por sus éxitos.

—Qué bien. — le respondió ella.

—Y vos, mi pichona, ¿cómo te sentís luego de haber sido parte de tan talentoso equipo?

Elisa se encogió de hombros y prefirió no responder. Sentía odio, frustración, resentimiento y una sensación de abandono tan fuerte que le hacía saltar lágrimas de los ojos.

Gonzalo levantó la mano y le dio un cariñoso pellizco en la mejilla. —Te entiendo, ricurita, yo también me sentiría orgulloso. Bueno, basta de trabajo, hablemos de nosotros.

A Elisa se le levantó una ceja. ¿Nosotros?

—Creo que a esta altura te habrás dado cuenta de la profunda admiración que siento por vos. Sos una mujer preciosa, encantadora y creo que estamos listos para llevar nuestra relación a otro nivel.

—¿Nuestra relación? — ¿De qué relación hablaba este pelotudo? Pensó Elisa, ya empezando a preocuparse.

—Si, creo que tenemos algo especial.

—Me parece que estás confundido. — retrucó ella.

—No, para nada. Tengo todo muy claro. Pero te entiendo perfectamente. Sé como son estas jovencitas de hoy, siempre haciéndose las difíciles y las desentendidas para atraer la atención de los hombres.

—Te aseguro que éste no es el caso.

—¡Vamos, no seas tímida, Luli! Me encanta tu apodo, ¿sabés? —Él se rió de una manera tan ridícula que en otro momento a Elisa le habría parecido gracioso. —Bueno, empecemos por el principio. Un hombre llega a una edad en la que necesita una compañera, una media naranja … --disculpá la metáfora ecuestre--, alguien con quien saltar los obstáculos que le presenta la vida. Como ya sabés, soy un hombre ocupado, con muchas responsabilidades y no tengo tiempo de andar por ahí, buscando a esa mujer ideal. Mi puesto como entrenador oficial del Haras Rosa del Carmen me ha elevado a un estatus muy importante, mis contactos en el ambiente son realmente extraordinarios y … hmmm … me brinda un muy buen pasar. Talvez está mal que lo diga, pero, modestamente, soy lo que se llamaría un buen partido.

—Te felicito. — Le respondió ella, mostrándole una sonrisa incómoda.

—Cuando te conocí me dije a mí mismo: ‘Esta chica es ideal para mí’. Tenés todo lo que siempre busqué en una mujer: belleza, —dijo con un rápido vistazo a sus pechos—una personalidad adorable y, uniendo lo útil a lo agradable, poseés una extraordinaria aptitud para tratar a los animales. Sos lo que yo llamaría una mujer completa.

Elisa tragó saliva y no dijo nada.

Gonzalo le tomó la mano y avanzó hacia ella. Elisa retrocedió de inmediato. —Veo que te quedaste sin palabras.

—No sé que decir.

—Decí que sí. — Él se adelantó un poquito más y ella se contrajo instantáneamente.

—¿Sí a qué? — Elisa sintió que le empezaban a transpirar las manos. Ya que quedaba poco sillón pare retroceder y lo único que quería era irse corriendo de ahí.

—Sí a mi propuesta.

—No entiendo.

—Quiero que te vengas conmigo para el haras para que trabajemos juntos y formemos nuestro propio dream team. Que seamos un equipo en todo sentido.

—Mirá, Gonzalo. — Elisa reculó hasta que chocó con el apoyabrazos del sillón. —Te agradezco mucho la oferta, pero no. Estoy buscando trabajo más cerca de casa.

—¿Quién habló de trabajo? —él se rió de manera más que desagradable. —Creo que no fui claro, pichona, así que voy a ir directo al grano. Sé que talvez lo mío suene un poco precipitado, podemos ir despacio si es lo que vos querés, aunque yo creo que estamos listos. ¡Al menos yo lo estoy! ¡Ja! Te propongo algo completamente distinto, mi Luli adorada. Quiero que estemos juntos todo el tiempo, que trabajemos juntos y que compartamos nuestras vidas. De esta forma mataríamos dos pájaros de un tiro. Te pongo en  la nómina de empleados del Haras con un sueldo razonable, te mudás conmigo, y así combinaríamos nuestros salarios con un mínimo incremento en los gastos. De paso entrenamos a tu yegua y la sacamos campeona. Hasta podría hacer que Doña Carmen la sponsoree. Juntos seremos imparables. Una ecuación perfecta, ¿no te parece?

—No … la verdad es que no, no me parece.

Gonzalo frunció el ceño. Ahora era él el que no entendía.

—Creo que estás confundido, Gonzalo, en serio.

De repente, a él se le iluminó la cara. —Ah, ya entendí. Ni siquiera nos besamos, por eso estás tan inquieta. Eso se arregla enseguida. —Gonzalo acercó su cara a la de ella mientras fruncía su boca para darle un baboso piquito en los labios.

Elisa entró en pánico y se levantó del sillón de un salto. —No me entendés. No me interesa irme a trabajar al Haras ni me interesa salir con vos. No quiero herir tus sentimientos pero … lo cierto es que ni siquiera me gustás.

Gonzalo empalideció. Jamás había considerado esa opción. —Pero tu mamá me dijo que …

—No sé que te dijo, pero por lo visto se equivocó.

—¿Qué? ¡No puede ser! ¡Adela! — llamó Gonzalo mientras Elisa se escapaba hacia la puerta.

En eso entró Tomás y vio a su hija con cara de angustiada y a su esposa tratando de calmar a Gonzalo Colina, que parecía muy nervioso. —Eli, llegaste, ¿cómo te fue en … qué pasa?

—¿Qué pasa? — Adela respondió, muy enojada. —Pasa que Gonzalo le pidió a tu hija irse a vivir a Córdoba con él y ella le dijo que no. ¿A vos te parece, con la malaria que hay, rechazar semejante oferta?

—Papá, por favor, decile. — Suplicó Elisa.

—¿Te ofreció trabajo? —le preguntó Tomás.

—Quiere que viva con él.

Por la cara que puso Elisa, Tomás entendió que la propuesta no había sido del todo decente. —¿Qué le propusiste a mi hija vos? —Tomás increpó a Gonzalo, cerrando los puños de manera amenazadora.

—Por favor, Tomás, no me malinterpretes. Lo mío es perfectamente honorable. ¡Hasta estoy dispuesto a casarme con ella si es preciso! ¡Jamás le faltaría el respeto así a una hija tuya, con lo amable que ha sido tu familia conmigo!

—¿Ves lo que te digo? — Adela se metió en el medio. —Hasta se quiere casar y esta mocosa lo rechaza así como así. Tomás, tenés que convencerla.

El señor Benítez miró a su hija, que estaba temblando de los nervios. —Por lo visto, Elisa no está de acuerdo. Si ella no quiere, no puedo obligarla a nada. Muchas gracias Gonzalo, por tenernos en cuenta para tus proyectos, pero creo que no va a caminar. Va a ser mejor que te vayas.

—¡No lo puedo creer! — exclamó Colina mientras caminaba hacia la puerta con paso acelerado. —Es la situación más humillante de mi vida. Esto me pasa por involucrarme con gente de cuarta. — Tomás le abrió la puerta y antes de salir, Gonzalo se paró y, con desdén, miró a Elisa por sobre su hombro. —Cometiste el error de tu vida, nena. Todavía sos joven como para tomar conciencia de lo que acabás de perder, pero ya te vas a arrepentir. Dudo que se te vuelva a presentar otra oportunidad así en la vida. Si me disculpan, el Dr. Ramírez me invitó a cenar. Esa sí que es gente de categoría. Buenas tardes.

Gonzalo se fue dando un portazo y Elisa suspiró aliviada.

—¡Pero que pedazo de pelotudo! — Dijo Tomás. —Encima te amenaza antes de irse. Que se vaya con los Ramírez, que ahí sí que van a ver como sacarle provecho a su visita. Conociéndolo al viejo, el pobre idiota va a terminar la noche con la billetera vacía.

—¡No puedo creer lo que acabás de hacer! — Le gritó Adela a su marido. —¡Andá y traélo de vuelta!

— ¿Qué? —Preguntó su marido.

—¡Que vayas ya a buscarlo!

—Ni loco.

—¡Si no vas a buscarlo ya mismo te juro que no vuelvo a hablarte en toda mi vida!

—¿En serio? Eso sería genial, mi querida. Es el favor más grande que nos podrías hacer a todos. — Le contestó él mientras subía por la escalera hacia los dormitorios.

—¡Tomás, vení para acá que te estoy hablando!

—Dijiste por el resto de tu vida, Adela, ¡así que ni una palabra más! ¡No quiero volver a escucharte hablar nunca más!

Adela se puso a llorar y Elisa corrió para su cuarto en donde se quedó encerrada hasta el otro día.

 


Capítulo 10
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