Capítulo 42

 

 

La primera semana de convivencia entre Guillermo Darcy y Elisa Benítez fue de ensueño. Estaban enamorados, todo les parecía hermoso y se desvivían para hacerse felices el uno al otro. Se quedaron una semana en el departamento de Darcy en Puerto Madero haciendo trámites, comprando cosas, paseando por la ciudad, haciendo el amor a horas insólitas. En fin, casi una luna de miel.

Empezaron la semana gestionando el pasaporte de Elisa y la visa Americana, ambos documentos indispensables para que ella pudiera acompañar a su novio en su viaje a los Estados Unidos. También hicieron compras de artículos que Darcy consideraba imprescindibles para que ella pudiera establecerse cómodamente, empezando por una Notebook, que adquirieron en el  Mac Station que estaba situado a la vuelta del departamento. Ya que estaba, Darcy se compró un I Pad para entretenerse durante los largos viajes en avión. En general, Darcy no era un gran comprador, se medía bastante con sus gastos, pero cuando gastaba lo hacía en grande. Elisa, siempre limitada por sus magros ingresos, no podía más que asombrarse al ver como Darcy gastaba cifras que ella consideraba astronómicas como si fuera lo más normal del mundo. Él no reparaba en el precio, siempre quería lo mejor y si le gustaba, lo compraba. Sin duda provenían de mundos muy distintos.  

El jueves Darcy tenía reuniones de directorio en la empresa constructora,  cosa que lo mantuvo ocupado prácticamente todo el día. Como ella todavía no tenía su tarjeta de crédito –Darcy ya la había gestionado con el banco—le entregó una cuantiosa suma en efectivo para que pudiera manejarse cómodamente sin tener que depender de él. Ella salió de compras por el centro, empezando por sus dos debilidades, la ropa interior y los zapatos. Algunos artículos los eligió pensando en su novio –unos conjuntos de lencería muy seductores que sabía que a Darcy le iban a encantar—, compró jeans, unas blusas más modernas y se equipó con algo de ropa un poco más arreglada ya que cenaban mucho afuera y tenían programada una salida al teatro antes de volver al campo. Compró un par de cositas para el departamento y una remera Polo a su novio, de un color salmón intenso, para romper con la monotonía de los grises, celestes y blancos que predominaban en su guardarropas. Para cuando volvió estaba feliz y agotada.

— ¡Hola mi amor! — Darcy entró al departamento y dejó las llaves en una mesita cercana.

— ¡Hola! — Elisa vino corriendo del cuarto, se le colgó del cuello y le dio un beso en la boca. — Estaba acomodando un poco las cosas que compré.

Él le devolvió el beso. —¿La pasaste bien? ¿Te alcanzó lo que te di?

—¡Obvio! ¿Y a vos como te fue?

—Bien. Se plantearon algunos cambios en la empresa y me voy a tener que involucrar un poco más. Temas de inversiones y eso, nada que no pueda manejar desde el campo y viniendo cada tanto a Buenos Aires. Contame qué hiciste todo el día.

—Estuve en Galerías Pacífico, caminé por Florida y compré cosas por ahí. Nunca vi a tanta gente junta. También te compré algo a vos. Esperá que te muestro.

Darcy la siguió con la mirada mientras ella corría hasta la habitación y se fue hasta cocina a servirse un vaso de jugo, sonriendo al notar detalles decorativos que Elisa había agregado a su departamento de soltero. Había uno aromatizador de ambiente muy ‘zen’, un florerito pequeño y algunos toques de color aquí y allá.

—Tomá, esto es para vos. — le mostró chomba que le había comprado.

Él levantó una ceja. Jamás se le hubiera ocurrido comprar algo en ese tono. —Qué color … fuerte.

—¿No te gusta?

—Si … pero no es lo que acostumbro usar.

Elisa sonrió con picardía. —Bueno, es hora de que empieces.

Darcy se le acercó y la tomó por la cintura. —Gracias, mi amor. ¿Y vos que te compraste?

—Un poco de todo, cosas que necesitaba. Ropa interior y eso.

Él se inclinó para espiar dentro de su escote. —¿A ver? ¿Ya estrenaste algo?

Ella se mordió el labio cuando él deslizó una mano por debajo de su blusa para acariciarle la espada. Ya sabía como terminaría esto. La voz le salió como un ronroneo. —Te lo muestro si me jurás que no lo vas a morder.

—No me hagas prometer cosas que no puedo cumplir. — La trajo contra él y la besó en el cuello. — Todavía es temprano para salir a comer. ¿Que tal si vamos un rato para el cuarto y me mostrás lo que tenés puesto?

—¿Para qué ir tan lejos? — Elisa lo miró por debajo de pestañas seductoras.

A Darcy se le escapó una risa ronca. Le encantaba que Elisa estuviera siempre dispuesta a hacer el amor en cualquier parte y a cualquier hora. Eso era lo bueno del departamento del centro. Estaban completamente solos para hacer lo que se les viniera en gana mientras que en el campo siempre había alguien dando vueltas por ahí y tenían que quedarse en el cuarto.

Se desvistieron el uno al otro. Empezaron a hacer el amor en la mesada de la cocina y terminaron en el sillón del living, más apto para otras posiciones. Yacieron juntos un rato, sonrientes y satisfechos, hasta que sonó el celular de Darcy y los despabiló de la modorra post sexo en la que habían caído.

—Annie, ¿Cómo andás?

—Hola, basura. — vino su cortante respuesta detrás de la cual se escondía una sonrisa.

—Epa, ¿Porque esa agresión?— Darcy respondió con su mejor voz de inocente, aunque ya se imaginaba el motivo de su enojo.

— Soy tu prima, tu agente, tu abogada, la hermana mayor que no tuviste, la única que te defendía de las maldades de los Figueroa, y me vengo a enterar por tu hermana, a quien me encontré de casualidad en Punta del Este, de que te vas a casar. ¿A vos te parece correcto? Es para matarte, Billy.

—Bueno, ya te iba a contar, se me pasó.

—Sí, claro. Te conozco bien como para saber que lo hiciste a propósito para que nadie te rompiera las bolas con llamados. —Ana se rió entre dientes. —Dale, contame todo. ¿Qué planes tenés? ¿Cuándo se casan?

—No sé, — Darcy sonrió. —Todavía no fijamos fecha. Pero Justi ya se va a encargar de acelerar el trámite, ya vas a ver.

—Seguramente. ¿Cuándo nos vemos? Creo que ya es hora de que me presentes a tu novia, aunque ya nos conocemos, pero, bueno, eso no cuenta. Tal vez nos podríamos ir con Maxi para Mar del Plata por un fin de semana y salir a comer todos juntos, aunque, la verdad, Billy, es que podrías traerla uno de estos días a Buenos Aires y presentársela a la familia.

Darcy miró de reojo a Elisa, quien estaba vistiéndose a su lado. —Estamos en el centro desde el lunes. Elisa se vino a vivir conmigo. Ahora no podés quejarte porque sos la primera en enterarte. A Justina todavía no le dije nada.

—¡No perdés el tiempo, Billy! —Ana soltó una carcajada. —Me encanta, me alegro mucho por ustedes. ¿Entonces, cuándo nos vemos? ¿Te parece bien que cenemos juntos mañana?

—Mañana vamos al teatro y el sábado ya me vuelvo para el campo a entrenar. Pero esperá que le pregunto a Elisa a ver qué quiere hacer. Si no hiciste planes, tal vez nos podemos ver esta noche.

Darcy alejó el teléfono y le preguntó a Elisa si quería cenar esa noche con Ana y su marido. Elisa dijo que sí, aunque el sólo hecho de encontrarse con la alta e imponente Ana Achával de Vallejos le daba un poco de miedo. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que no tenía nada que temer. Los Vallejos resultaron ser encantadores, personas inteligentes y divertidas que tenían una excelente relación con Darcy. Ana le ofreció a Elisa acompañarla a conocer Buenos Aires y a ayudarla a establecerse.

Despacito, empezó a sentirse más en casa.

 

 

Ese lunes por la mañana, desparramada en la enorme cama de Darcy en La Peregrina, Elisa se despertó con la agradable sensación de las manos de su novio masajeándole la espalda. Enseguida le siguieron unas palmadas en los glúteos.

—Arriba, dormilona.

Miró el despertador. Las nueve de la mañana. Giró en la cama y se gratificó con la sonriente cara de su novio, transpirado luego de correr sus habituales 10 km.

—Vamos, levantate que tenemos que ir a Pergamino, a la Tecnológica. Así volvemos para mediodía y entreno después del almuerzo. ¿Vas a montar? — Darcy le preguntó. —Así les digo a los muchachos qué caballos tienen que dejar preparados. Podrías montar a Miriñaque. Me dijo Anselmo que anda muy bien. ¿También podríamos traer a Brisa para que siga el entrenamiento acá, no te parece?

Elisa se frotó los ojos, tratando de despabilarse. Darcy estaba inusualmente verborrágico esta mañana y ella tenía sueño.

—¿Te vas a levantar o no? Me doy una ducha y salimos. Dale que ya vamos tarde.

Tras un dramático suspiro, se dio cuenta de que se habían terminado las vacaciones. Refunfuñando, Elisa salió de la cama y fue para el baño.

 

 

La visita a la Tecnológica de Pergamino no fue del todo fructífera. Como Elisa había cursado tan poco en Mar del Plata, no podía pedir el pase de una facultad a otra. En Pergamino, las clases habían empezado hacía más de 2 meses, por lo que ya había perdido el primer semestre. La única alternativa que le quedaba era inscribirse para comenzar a cursar de cero el semestre siguiente, lo que no era una mala idea teniendo en cuenta el inminente viaje a Estados Unidos acompañando a su novio en la gira por el país del norte. No había mucho por hacer más que retirar los formularios de inscripción para más adelante así que hizo algunas averiguaciones sobre horarios y documentación necesaria para inscribirse.

—Vas a necesitar un auto. — Darcy comentó camino de vuelta a la Peregrina.

—¿Te parece? — Elisa le preguntó. — ¿No hay un micro que me lleve desde el pueblo hasta Pergamino?

—No sé. Y aunque lo hubiera, no vas a ir en colectivo.

—¿Por?

—Porque no, Elisa. — No cabía en su mente que su mujer viajara en transporte público, ya fuera a la facultad o a cualquier otra parte.

A ella tampoco le atraía mucho la idea de ir en colectivo, no conocía la zona y el viaje era bastante largo, pero no se sentía cómoda con la idea de disponer uno de sus vehículos para sus cosas personales.

—Bueno, uso una de las camionetas del campo.

Él frunció el ceño. —Las camionetas son para trabajar, las usan los empleados. Vos necesitás tu propio auto, tu autonomía.

Elisa lo miró asombrada al darse cuenta de que hablaba en serio, de que en realidad pensaba comprarle un auto especialmente para ella. —¿Me vas a comprar un auto? ¿Para mí sola?

—¿Porqué me mirás así? Es lógico. Tenés que tener un vehículo. ¿Qué auto te gusta?

No podía creer que le estaba preguntando que tipo de auto quería. No sabía qué contestar. A pesar de que vivían juntos y de que él la había presentado como la ‘señora de la casa’ al personal (no usó ese vocablo, pero dejó claro que ella tenía autoridad para hacer y deshacer ‘a piacere’ en La Peregrina), Elisa todavía no se sentía ni su mujer ni la dueña de casa y mucho menos en posición de ser beneficiaria de semejante regalo. Una cosa era una notebook, y otra era un auto.

—No sé, — dudó, — algo chiquito.

—¿Como un Gol, o un 306? ¿No preferís algo un poco más grande?  Yo había pensado en un Corolla, más práctico para la ruta, además, como tengo contrato con la Toyota, algo podemos arreglar.

Elisa estaba pensando en algo parecido al Fitito de su mamá y él pensaba en un Toyota Corolla. Recién caía en cuenta de que ya no era más Elisa Benítez, chiquilina de pueblo de novia con un jinete de Buenos Aires sino que era la futura esposa de Guillermo Darcy, hombre de nombre y fortuna, el jinete más hot de Sudamérica, dueño de la Estancia la Peregrina e icono de su deporte. Informalmente, era la señora Darcy y el sólo pensar todo lo que eso implicaba la asustaba muchísimo.

—Como quieras, —sonrió, incómoda. —No sé nada de autos. Fijate vos.

Darcy sonrió y asintió. La iba a sorprender con un auto fabuloso.

 

 

—¿Qué hay de cenar, Palmira? — Elisa apareció en la cocina una tarde después de pasar la tarde en los establos. Le gustaba charlar con Palmira, era una señora muy cariñosa y amable. Siempre le contaba anécdotas de Darcy cuando era chico y eso la ayudaba a conocerlo más. Darcy estaba ahora en el escritorio, poniéndose al día con mails y temas de sus empresas y no quería distraerlo de sus otras obligaciones.

—Preparé una carne al horno con papas. También ensalada. Al Guillermo le gusta mucho la verdura. Si fuera por él, viviría a lechuga y fruta, pero así no va a engordar nunca así que yo le preparo cosas más suculentas, para que eche cuerpo. De chico era tan flaquito que daba pena.

—Yo lo veo comer bien, — Elisa se robó trozo de tomate de la ensaladera. —Tiene buen apetito y no está tan delgado como antes.

—Eso porque está tranquilo y enamorado, — Palmira sonrió. — Desde que se puso de novio con vos que se cuida mucho más. Pero ya vas a ver, cuando esté cerca de algún torneo grande, no come nada. ¡A veces ni habla! Nunca fue de decir mucho, pero cuando está nervioso, es mucho más callado.

—Cuando lo conocí el año pasado era bastante huraño, era imposible sacarle más de dos palabras juntas. Todos pensábamos que tenía algún problema.

—Ese viaje lo tuvo a mal traer por meses. Extraña mucho la casa y cuando está lejos por tanto tiempo, eso lo pone mal. Además, — el ama de llaves sacudió la cabeza con pesar, —pasaron cosas feas por esos días y el pobre Guillermo estuvo muy preocupado. Pero todo salió bien, gracias a Dios.

Elisa supuso que hablaba del tema de Miss D. No estaba segura si Palmira conocía el trasfondo real de la historia, por lo que prefirió no decir nada.

—¿Justina viene seguido al campo?

—No tanto. Ahora que está más grandecita anda siempre ocupada por ahí, con sus estudios y sus amistades. Es un sol, esta Justina, pero tan alocada. A veces no se da cuenta de lo mucho que su hermano se preocupa por ella. Por eso estoy tan contenta de que te hayas venido para acá, que se van a casar. Guillermo necesita a alguien que lo cuide. Él nos cuida a todos desde hace tanto y ahora que te tiene a vos, siento que por fin va a estar bien.

Elisa sonrió afectuosamente. — ¿Cómo era de chico? Guillermo no habla mucho de su infancia.

—La mamá murió cuando él era chico …

—Sí, ya sé, cuando nació Justina.

—Fueron tiempos muy tristes, pero salimos todos adelante. Guillermo siempre fue un chico muy bueno, muy educado, aunque la muerte de su mamá lo afectó mucho. Después el papá lo mandó a Inglaterra, a estudiar. Durante ese tiempo sólo lo veíamos durante el verano, para las vacaciones. Creció un poco desarraigado, el pobrecito, hasta que un día, Doña Carmen tuvo una discusión muy fuerte con en el señor Darcy y dijo que quería traerlo de vuelta. Guillermo era el hijo de su única hermana y no quería que se criara solo, en el exterior, que si él no lo quería en su casa, que ella se lo llevaría para Córdoba.

—¿Y el padre qué dijo?

—En esa época el señor andaba de novio con una señora de la sociedad y no le prestaba demasiada atención a los chicos. La discusión quedó ahí y el señor y Carmen se distanciaron por un tiempo. Pero cuando Guillermo llegó para esa navidad, más alto que su padre y con una sombra en el bigote, el señor se dio cuenta de lo que se estaba perdiendo. Así que en cuanto terminó el colegio, Guillermo se lo trajo para acá. Fue una alegría tan grande tenerlo de vuelta. Pronto empezó la facultad y a competir. Ganaba cada torneo en que se presentaba. Su papá estaba tan orgulloso de él. Al poco tiempo el señor se enfermó y bueno … ya te imaginarás el resto de la historia. Guillermo tuvo que hacerse cargo de todo, de la estancia, de su hermana. Uno no se imagina tanta responsabilidad en un muchacho tan joven, pero él lo asumió con entereza, con ese temple de acero que Dios le dio. Los Darcy son así, luchadores, gente de una gran nobleza, a veces pasan por altaneros, por esa alcurnia inglesa que tienen, pero tienen un gran corazón, como ya habrás visto. Decile a Guillermo que algún día te cuente la historia de cómo llegaron a estas tierras. Es de película.

—¿Qué es de película? — se oyó la voz de Darcy entrando a la cocina.

—La historia de cómo tu tátara abuelo conoció a tu tátara abuela. A los tiros.

—¿En serio? — Elisa levantó las cejas.

Darcy sonrió al recordar la historia algo novelesca del primer Darcy llegado a la Argentina. —Esto era un poco como el lejano oeste en aquella época. Eran todos un poco pistoleros.

—Contame.

—Otro día. — Sonrió Darcy. —Recién hablé con mi tía María Elena. Nos invita a almorzar este sábado en El Mangrullo. Van a estar todos. ¿Tenés ganas de ir? Así conocés a la familia.

Elisa sintió un revoloteo en el estómago. Finalmente conocería a los Figueroa Anchorena, dueños, entre otras cosas, de la Estancia el Mangrullo. —Si, claro. Vamos.

Darcy notó un creciente temor en los ojos de Elisa. —No tengas miedo, mi amor, son gente normal. El tío puede ser un poco hosco, pero nada del otro mundo. Si pudiste conmigo, eso no te va a costar nada.

Ella soltó una risita y le echó los brazos al cuello. Le divertía ver como Darcy se reía de sí mismo. —No fue para tanto, resultaste ser mucho más buenito de lo que parecías.

—¿Viste que no soy tan malo? No sé porqué me hacen mala fama. — Darcy la abrazó contra él.

—Bueno, al principio te hacías el difícil.

—Si mal no recuerdo, yo no era el único. 

Empezaron a los arrumacos ahí en la cocina. El personal ya se estaba acostumbrando a verlos a los besos por todos lados, por lo general se hacían los distraídos, pero Palmira, romántica incurable, no pudo contener un suspiro felicidad por el hombre al que quería como un hijo.

Al sentirse observada, la pareja tomó algo de distancia y se dirigió al comedor, donde fue servida la cena.

 

 

La llegada a El Mangrullo fue una causa más de deslumbramiento para Elisa. Si bien ya se estaba acostumbrando a los lujos y comodidades que venían aparejadas con su novio, nunca se hubiera imaginado que la estancia de sus tíos fuera tan magnífica. La mansión de estilo Tudor, situada un par de kilómetros campo adentro, rodeada de un inmenso parque diseñado por Carlos Thays¹,  parecía salida de un libro de fotografías de lugares famosos. Seguramente hasta aparecía en alguno de ellos. Tenía un importante lago a un lado de la casa y, por lo que pudo apreciar desde lejos, instalaciones impecables tanto para ganadería como para la cría de caballos.

 

Entrando a la casona, la pareja fue recibida por una empleada prolijamente uniformada que les indicó que la familia estaba reunida en la terraza, esperándolos. Durante su paso por los salones, Elisa pudo admirar las impresionantes pinturas y objetos de arte –Darcy le comentó durante el viaje que su tío era un gran coleccionista-- que adornaban el interior con sobriedad y elegancia.

 

Los Figueroa eran, como se diría por ahí, gente ‘linda y paqueta’, como esos personajes de la sociedad y la farándula que aparecen retratados en revistas fashion como ‘Hola’ y ‘Gente’, hermosos, bien vestidos, siempre sonrientes y divertidos como si no tuvieran problemas en la vida. Enseguida que se asomaron se les acercó María Elena Bosch de Figueroa, tía de Darcy, anfitriona impecable, de modales refinados y una belleza que aún se mantenía a pesar de los años. Su esposo Roberto Figueroa Anchorena, el patriarca de la familia, impresionaba por su altura y ceño adusto, los saludó con algo de severidad. Los herederos de la fortuna, los cuatro hermanos Figueroa, eran una mezcla de ambos padres, en apariencia y temperamento. Eduardo, el mayor, el menos apuesto y más serio de los cuatro era, por lo que Elisa pudo entender, la cabeza financiera del grupo. Le seguía Pablo, un hombre por demás atractivo y seductor (más que Ricardo), con fama de conquistador que no tenía reparos en hacer obvia su admiración por las mujeres, ni siquiera aún delante de su esposa. Tercero venía Ricardo, el único soltero del lote, encantador como siempre y Marisa, bonita y poseedora de una gran simpatía, de aire alegre y despreocupado. Completando el cuadro de familia perfecta estaban los cónyuges de los casados, la novia de Ricardo y varios niños que correteaban por ahí supervisados por sus madres y una niñera.

La pareja fue recibida de manera muy afectuosa y enseguida se pusieron a charlar, las mujeres alrededor de la mesa, los hombres algo alejados del parloteo.

—¿Elisa, me contaron que vos también montás? —Marisa encaró a la recién llegada.

—Si. Antes preparaba caballos de salto y polo. También organizaba cabalgatas y ese tipo de cosas.

—Que bueno que tengan eso en común, — comentó Pilar, la esposa de Eduardo. — El entrenamiento olímpico puede ser muy duro y si a los dos les gusta, les va a ser mucho más fácil.

—¡Y mucho más divertido! — rió Victoria, la novia de Ricardo. — En esta familia, cuando se ponen a hablar de caballos, no paran, así que siempre es bueno estar en tema.

—No te preocupes, — le respondió Elisa. —En casa es de lo único que se habla. Mi papá era jinete, mi hermana es veterinaria de equinos y yo entreno caballos así que te imaginarás que somos bastante monotemáticos.

Pilar prosiguió en tono amable. —Billy está muy dedicado a su carrera deportiva y va a necesitar todo tu apoyo ahora que se acercan los Juegos. Va a tener que viajar mucho y le va a venir bien tu compañía.

—No sé cómo vamos a hacer con eso. — Elisa respondió con algo de preocupación. —Mi idea es empezar la facultad el semestre que viene. Ya perdí este y no quisiera perder más tiempo.

—¿Que estudias?

—Quiero ser técnica agropecuaria y especializarme en inseminación artificial.

Se hizo un silencio y las mujeres se la quedaron mirando. Elisa no sabía si era porque no aprobaban su decisión de seguir una carrera tan poco convencional para mujeres o si simplemente la consideraban una profesión completamente irrelevante. Seguramente todos ellos tenían doctorados y  maestrías en carreras clásicas, como abogacía e ingeniería y una tecnicatura agraria no les parecía que estaba a su altura.

—Veo que te gusta todo lo relacionado con el campo. — Marisa rompió el silencio. —A mi se me dio por estudiar ahora, de más grande. Empecé un curso de decoración de interiores. También hago gym y yoga. Ahora que los chicos van al jardín, necesito algo con qué entretenerme. Siempre me divirtió mucho la deco y el arte, así que me dije … ¿por qué no? Hasta estamos pensando en poner un negocio con una amiga.

De ahí la charla pasó al nuevo proyecto de Marisa –que al parecer variaba año a año—y las otras alabaron su decisión de emprender este negocio con una tal Malala Ezcurra, muy reconocida en el ámbito de la decoración de fiestas. Por lo visto, Marisa no era la intelectual de la familia.

Al rato anunciaron que el almuerzo estaba servido y se dirigieron al interior de la casa. Fue una reunión entretenida, todos estaban de muy buen humor, especialmente luego de un par de copas de vino.

—Contame, Billy, — preguntó Roberto, — ¿cuándo piensan casarse?

—No fijamos fecha todavía, — respondió Darcy. —En realidad, todo es muy reciente y no tenemos nada planeado.

—Va a ser mejor que empiecen. Vos sabés que esas cosas llevan tiempo y tenés muchos compromisos por delante. No vaya a ser que tu casamiento caiga en medio de los Juegos Olímpicos o el Mundial Ecuestre. Te va a ser difícil concentrarte.

—Dudo que se superpongan, pero cuando lo decidamos, te aviso. — Darcy miró a Elisa, quien seguía la conversación atentamente. Le guiñó un ojo y ella le sonrió.

—Papá, — Ricardo se metió en la conversación, —dejalos que hagan su vida.

Pero Roberto no estaba dispuesto a pasarlo por alto. — Hay oportunidades que no deben perderse. Los principales jinetes internacionales están con problemas con sus caballos. Mariskal no se recuperó de su lesión y Ellie Waterstone está recorriendo Europa en busca de un nuevo montado.

—No sabía que la lesión de Mariskal fuera tan grave. —Comentó Darcy.

—Tiene una distensión de ligamentos. Y aunque se recupere, no va a llegar para los clasificatorios de los juegos Olímpicos. Va a estar parado por lo menos 3 meses y si no consigue un buen caballo de reemplazo, se va a perder todos los torneos de alto Handicup de Europa.

—El agente de Ellie me llamó para preguntarme si Tuareg estaba a la venta. —Ricardo acotó con seriedad. — Hasta me hizo una oferta. Como habrá sido de alta que casi me tiembla la voz al decirle que no.

Elisa notó el intercambio de miradas entre los primos. Sabía que eran copropietarios de Tuareg y de muchos otros caballos, pero todavía no entendía bien cómo funcionaba la sociedad familiar. Por lo visto, Roberto opinaba acerca de los torneos a saltar –¿sería uno de sus sponsors?—y Ricardo rechazaba ofertas varias veces millonarias sin consultarle a su primo.

—No te quejes, — Darcy sonrió. —que le estás por vender otro caballo y a muy buen precio.

—Es cierto. —Ricardo se rió entre dientes. —Desde que ganaste la Copa de las Naciones los productos del Haras se cotizaron muchísimo. Y a los americanos les encanta gastar, no me iba a perder esta oportunidad de hacer un buen negocio.

—Es por eso que no quiero que descuides tu carrera, Billy, tanto vos como Tuareg están pasando por un gran momento. —Roberto insistió en el tema. —Son la mejor publicidad que el haras puede tener. Después del circuito en Estados Unidos, podrías irte unos meses a Europa, saltar el Olimpia y los otros torneos grandes, como el de Frankfurt y el de Francia. Para cuando lleguen los clasificatorios, nadie va a poder hacerte sombra.

—Dejame pensarlo, — Darcy respondió con serenidad. — Tengo que hablarlo con Elisa primero ya que esto también va a afectar su vida.

Elisa sintió cómo todas las miradas de la mesa se enfocaban en ella. No supo qué decir, así que no dijo nada, solamente sonrió. Nunca se sintió tan presionada y suponía que esto no era nada comparando con las presiones que Darcy debía sufrir todos los días.

—Me parece bien. —El patriarca Figueroa dio el asunto por terminado. Conocía a su sobrino, no era hombre que dejara pasar una buena oportunidad. — Pero, por favor, Billy, de ahora en más, tené más cuidado cuando compitas en torneos locales. Por más divertido que sea el cross-country, si vas a romperte un hueso, ¡que sea en un torneo que valga la pena!

Todos se rieron. Así continuó la velada, amena y distendida. Al levantarse de la mesa, Roberto se cuidó de quedarse atrás y llamó a su sobrino para que se le acercara para intercambiar un par de palabras en privado.

—Veo que lo tuyo con esta chica es algo serio.

Darcy asintió y no dijo nada.

—Jovencita. ¿Qué edad tiene?

—Veintidós.

—Si, muy jovencita. María Elena tenía esa edad cuando nos casamos.

El sobrino hizo silencio.

—Es una muchachita muy agradable, tiene carácter. Sabe llevarte. Carmen tenía razón, ideal para voz.

Darcy sonrió, satisfecho. No porque necesitara su aprobación, pero para él era importante que su familia aceptara a Elisa. Todo marchaba viento en popa.

 

 

Esa noche, ya de vuelta en casa, Elisa salió del baño y se metió en la cama junto a su novio. —Me encantó tu familia, son divinos.

—A ellos también les caíste muy bien. —Darcy le respondió, sosteniendo el libro estaba leyendo.

Elisa se acurrucó cerca de él.— ¿En dónde puedo estudiar inglés por esta zona?

—Creo que hay un par de profesoras en el pueblo, no estoy seguro.

—Pilar me sugirió que aprendiera. Tiene razón, si vamos a viajar tanto, va a ser mejor que estudie o voy a estar re-perdida. No entiendo una palabra.

—Me parece excelente.

—Además, como ya perdí este semestre, va a ser mejor que haga algo, ¿no?

Darcy notó un dejo de desánimo en su voz. —Te va a venir bien para tu carrera también. Es un idioma muy útil. Podemos hacer venir una acá, para que te dé clases varias veces por semana.

—Si, supongo. — suspiró Elisa. —Nunca me contaste la historia del primer Darcy en la Argentina.

Él cerró su libro y le puso el brazo alrededor de los hombros. —Es un poco novelesca. George Darcy era un aventurero, un hombre muy hábil, ingeniero de los ferrocarriles ingleses que vinieron a principio del siglo XX. Provenía de una buena familia algo venida a menos, así que además de aventuras por estos suelos, vino a buscar fortuna.

—Por lo visto, lo logró. No le fue para nada mal en la Argentina.

Él se rió por lo bajo. — De eso no hay duda. Digamos que además de su talento, tuvo un buen golpe de suerte. Lo de él era la construcción y a eso apuntaba una vez que hubiera terminado su contrato con el ferrocarril. Quería armar una empresa constructora. Pero un día, mientras recorría los campos haciendo la agrimensura para el trazado de las vías, se encontró cara a cara con la escopeta de mi tátara abuela, que estaba lista para volarle los sesos.

—¿En serio? — Elisa preguntó, sorprendida.

—Ella estaba con unos peones, siguiendo a unos cuatreros que le habían robado una decena de vacas la noche anterior. Lo increpó y él, como buen inglés, ni se inmutó, hizo un ademán y se presentó como si nada. Pero en eso, uno de los peones ve movimiento detrás de los arbustos, aparecen un par de vacas corriendo y reconocen el ganado robado. Parece que los cuatreros estaban escondidos por ahí cerca. Salieron a perseguirlos e intercambiaron unos tiros. Nadie salió herido, pero fue bastante violento.

—¿Y ahí nació el romance?

—No, según el diario de mi tatarabuelo, no se llevaron bien al principio. Él la describió como una muchacha rústica que montaba como un hombre y supuso que era de la servidumbre de la estancia. Aunque, por lo visto, le gustaron sus ojos, los describió como grandes y vivaces, de un hermoso color avellana. Se volvieron a encontrar un par de veces cuando empezaron a pasar las vías por los campos de la familia Oviedo. Ella acostumbraba pasar a caballo con la peonada y apenas cruzaban saludo. Él no sabía quién era y la trataba con desdén, lo que hizo que ella lo tachara enseguida de arrogante. Finalmente fueron presentados cuando la comitiva inglesa fue invitada a un baile formal en la estancia. Ahí se enteró de que la indómita muchacha de los hermosos ojos color avellana era nada menos que Josefina Oviedo, la joven heredera las 15.000 hectáreas más fértiles que jamás haya visto.

—Ay, no me digas que se casó por conveniencia. Me estaba gustando toda esta historieta del aventurero engrupido y la muchacha impertinente que al final resulta ser millonaria. — Elisa se acomodó y le acarició el pecho.

—Porque  … ¿te suena conocida? — Darcy levantó una ceja. Con algunas salvedades, como la falta de fortuna de Elisa, esta historia se parecía a la de ellos.

Elisa levanto la vista y le sonrió. —La habré visto en mil películas. Pero siempre se casan por amor.

—En esta también, supongo. Además de inmensamente rica, Josefina era muy bonita, y le sobraban pretendientes. Pero el viejo Oviedo tenía otros planes para su hija. La quería casar con un Figueroa, la otra familia poderosa de la zona, y unir fortunas. ¿Quién podía adivinar en esa época que esto no sería posible hasta cuatro generaciones más tarde?

—Las vueltas que tiene la vida, ¿no?

—En síntesis, por esas circunstancias de la vida, la pareja pasó del odio al amor apasionado. Oviedo no pudo luchar contra eso y cambió la fortuna Figueroa por la alcurnia de los Darcy. Al morir Oviedo, el matrimonio se hizo cargo de la estancia. Darcy era muy hábil para los negocios y firme en su deseo de iniciarse en al construcción, fundó la empresa que todavía tenemos. Los Darcy, como diría Justina, pasaron a ser re-top, y, consistentes con el esnobismo de la época, pasaban largas temporadas en Europa. Es más, hasta se tomaron por costumbre hacer que sus hijos nacieran en Inglaterra, para no perder el linaje extranjero, cosa que hicieron por un par de generaciones.

—¿O sea que sos inglés? Me parecía, por el acento.

Darcy frunció el ceño. —Yo no tengo acento.

—Ahora no tanto, pero cuando te conocí se te notaba mucho más.

—¿En serio?

Elisa se mordió el labio. —Vas a pensar que era una resentida. Al principio me molestaba que tuvieras acento inglés cuando era obvio que vivías acá desde vaya a saber cuándo.

—En realidad, es al revés. Nací acá y viví mucho tiempo allá. Mi abuelo rompió con la tradición y mi papá nació en la Argentina. Igual no pudo con su genio y me mandó a estudiar a Inglaterra, en donde hice la secundaria. Tanto Justi como yo mantuvimos la doble ciudadanía, es más cómodo para viajar a ciertos países ya no necesitamos visa.

Un bostezo de Darcy les hizo recordar que ya era tarde. Se recostaron frente a frente y se dieron un beso de buenas noches. Todo hubiera terminado ahí si él no le hubiera puesto la mano en una de las nalgas de Elisa, que comenzó a acariciar con suavidad. El beso se hizo más profundo y sensual y Elisa se le aproximó aún más, para enroscar una pierna alrededor de la cadera de él, abriendo camino para acercamientos aún más íntimos. Rodaron por entre las sábanas y demás está decir que no se durmieron hasta mucho más tarde. Ya recuperarían el sueño perdido al día siguiente con una buena siestita, de esas en las que se duerme poco.

 

 

¹ Carlos Thays, el paisajista y arquitecto diseñador de los bosques de Palermo, el Jardín Botánico y el hipódromo de San Isidro. Su discípulo, Benito Carrasco fue quien diseñó el parque de la Estancia Villa María, en la cual me inspiré para describir a El Mangrullo.

 


Capítulo 43
Return to Belén's page

Return to Austen Interlude

Te gustó? Me encantaría conocer tu opinión!  à   e-mail Belén