Capítulo 4

 

 

Luego entrenar un par de semanas con buenos resultados, el coronel hizo un cambio en los planes y anotó al equipo en una serie de torneos. Dos eran pruebas menores organizadas por clubes chicos de la zona a los que concurrirían sólo para poner a los jinetes en una mentalidad más competitiva. El tercer torneo era ‘El Nacional’, el torneo más importante del país, organizado por el Club Hípico Argentino (CHA).

Competir en ‘el Nacio’, en el CHA había sido su objetivo inicial cuando aceptó entrenar al equipo, pero hasta ahora el Coronel no estuvo seguro de que sus pupilos estuvieran preparados para una prueba de esa envergadura. No es que dudara de las capacidades de sus jinetes, sino que consideraba que binomios todavía no estaban a punto como para afrontar semejante desafío. Darcy había tenido un buen desempeño en ‘el Nacio’ hacía tres años, cuando todavía saltaba con Miss D, llegando hasta las semifinales, pero la juventud de él y la inexperiencia de su yegua le impidieron llegar más alto. Todos los creían los favoritos del año siguiente. Darcy hizo una excelente campaña con Miss D toda la temporada y seguramente se habrían destacado en esa prueba si no fuera por un repentino problema de salud que retiró a Miss D de las pistas para siempre. Darcy se tomó su tiempo para encontrar otro caballo, así que durante prácticamente dos años casi no se supo de él y dos ‘Nacionales’ pasaron sin su presencia.

Elisa no podía estar más contenta con las novedades. Hacía mucho que no iba a un torneo grande y la perspectiva de ir al ‘Nacio’ la ponía loca de felicidad. La última vez que asistió fue con su papá, a la edad de once años, y no pudieron quedarse hasta las finales porque perdían el ómnibus de vuelta a casa. No tenía muchas posibilidades de viajar, la plata no alcanzaba así que esta era una oportunidad única: ¡iría a la prueba más importante del país y estaría en el centro de la acción, ayudando a jinetes de primera categoría!

En su entusiasmo por las competencias por venir, Elisa había pasado completamente por alto el hecho de que el parco señor Darcy ya no se comunicaba con ella mediante monosílabos, sino que ahora articulaba frases completas y a veces –muy pero muy de vez en cuando- asomaba alguna sonrisa. Todo esto había quedado completamente ajeno a sus sentidos (la verdad era que le importaba un cuerno si él le dirigía la palabra o no), pero lo que sí había notado, y que además le irritaba bastante, era que él siempre la observaba. Aunque ella no lo viera mirándola, Elisa sentía sus ojos oscuros y penetrantes clavados en la nuca. Y si tocaba su caballo, peor, porque el tipo no le sacaba la vista de encima. Se preguntaba qué era lo que le pasaba, porqué de tanta desconfianza. Probablemente la creía inepta para realizar el trabajo, o talvez suponía que ella le iba a hacer algo raro y perverso a su preciado Tuareg.

Pero a pesar de lo enervante y engreído que Darcy le parecía, reconocía sus méritos como jinete. Él y Tuareg eran un par excepcional, mágico, y solo con verlos le hacía darse cuenta de lo mucho que todavía tenía que aprender para ser la mitad de lo que eran ellos.

— ¿Te vas a portar bien hoy?— Elisa le susurró cerca de la oreja mientras cepillaba las crines de Tuareg. —Sabés que no podés hacer eso otra vez, aunque me hubiera gustado ver a Darcy tragar un poco de tierra.

Luego de atender a Tuareg por un par de semanas, Elisa había sido gratamente sorprendida por la dulzura y mansedumbre del caballo. Realmente lo quería mucho, era dócil y juguetón y jamás le traía problemas. El dueño sí, pero el caballo, jamás. Luego del cepillado, se agachó a revisarle los vasos y Tuareg, como hacía a veces, giró la cabeza para olfatearle las nalgas.

Una vez limpiadas las ranillas, le recortó la barba y le peinó la cola. —Ahora sí que estás presentable, — dijo dándole unas palmadas en el cogote, — ¿sabías que sos precioso? Sí, claro que lo sabés, engreído. — Tuareg le olfateó los bolsillos de la camisa. —No señor, azúcar no. Si me agarran, me matan. Pero seguro que él te va a dar zanahorias después de entrenar, siempre te da, ¿Cómo es que te dice siempre?

—Cabezota.

Elisa se dio vuelta de golpe y vio a Darcy parado en la puerta del establo. “Mecacho,” pensó para sí, “¿cuánto hace que está ahí?”

—Lo trimmeaste,— Darcy apuntó al hocico del caballo.

Por la cara que puso, Elisa dedujo que no le pareció bien. —Si.

—Muy prolijo. — Dijo él, bastante serio, mientras observaba las orejas, perfectamente recortadas. Tuareg era un caballo bastante alto y Elisa era bajita, así que supuso que no había sido una tarea fácil. —Te debe haber dado trabajo.

—La verdad que no, — respondió ella, sintiendo como el calor se le subía a la cara. El muy tarado pensaba que era una idiota incompetente.

Darcy se sonrió al ver que ella se sonrojaba ante el cumplido. —Voy a empezar el precalentamiento.

Al ver su sonrisa burlona, Elisa se enojó todavía más. Lo hubiera estrangulado con la rienda si no fuera tan alto. —Ya se lo ensillo.

—Te ayudo. — Le ofreció él.

Esto sí que era toda una novedad, pensó Elisa para sí. Don Perfecto le iba a permitir tocar a su venerado caballo. Lo iba a anotar en la agenda como el acontecimiento del año.

Darcy le alcanzó la brida y fue por la montura. Para cuando volvió, Elisa todavía estaba tratando de pasar la cabezada detrás de las orejas. Siendo petisa y Tuareg tan alto, era difícil llegar arriba si el caballo levantaba la cabeza. Mientras que durante el tuse el caballo había cooperado, ahora Tuareg no se mostraba muy colaborador. Se paró en puntas de pie, pero era en vano, no alcanzaba. Darcy ya se estaba de vuelta con la montura y la estaba mirando con una sonrisa torcida. Orgullosa como era, Elisa no estaba dispuesta pasar papelones delante de él y se estiró toda para llegar hasta arriba. No llegó.

—Dame que te ayudo,

Él se le acercó por detrás, acorralándola entre su cuerpo y el del caballo. No es que estuviera tan cerca -o sí lo estaba- pero su proximidad hacía que a Elisa se le erizaran los pelos de la nuca. Lo cierto es que podría mostrar un poco más de respeto por su espacio personal ya que sentía el calor de su cuerpo cerca del suyo. Y eso que era un día fresco. La colonia de Darcy era bastante fuerte y necesitaba aire urgentemente. Mierda que el tipo olía bien.

—Listo, — dijo Darcy. —No te preocupes, a veces a mi también me lo hace.

Elisa tenía ganas de abanicarse la cara de tan acalorada que estaba. Ser alto tenía sus ventajas.

Darcy ató al caballo al palenque y se fue a hablar con el coronel. Al verlo ir, Carla corrió al encuentro de su amiga para chusmear acerca de lo que acababa de ver.

—¿Ché, qué le dijiste?

—¿Eh? —Elisa frunció el entrecejo.

—Don Perfecto sonrió. ¿Qué le dijiste para que se sonriera?

—Te estás imaginando cosas, no sonrío. Nunca sonríe.

—Sí que sonrió. Recién, cuando salía para el piquete. ¿No lo viste?

—No.

—¿De que charlaban? — Carla insistió,  absolutamente segura de que la Elisa era quien había provocado esa inusual sonrisa en Darcy.

—No charlábamos. Ni cruzamos palabra.

—Yo los escuché.

—Si vos creés que intercambiar cuatro palabras es igual conversar, entonces no sabés lo que es una conversación. — Respondió Elisa de mal talante.

— ¡Eh! ¡Tampoco es para que te pongas así!— Carla se rió, muy consciente de que a su amiga era solo faltaba que la chusearan  un poco para levantar temperatura. —No es mal tipo.

—Por favor, Carla, es un cerdo.

—A mi no me parece, he conocido peores. Obviamente no es tan simpático como Carlos, pero la verdad es que está re-fuerte, y con la pinta que tiene ¿para qué hablar? Así puede ocupar su boca en actividades más placenteras.

Elisa ya estaba perdiéndole la paciencia. Nunca le había dicho a su amiga que era una tremenda calentona, pero después de tantas pavadas ya lo tenía en la punta de la lengua. —Si te gusta tanto ¿porqué no te lo invitas a salir?

—No me va a dar bola. Además, no es mi tipo, es como … no sé … como too much.

A Elisa se le escapó un suspiro de fastidio. —Es un idiota, eso es lo que es. Too much idiota.

Carla largó la carcajada. —Mirá que sos enojona, nunca vas a conseguir novio si seguís así.

— ¿Y quién dijo que quiero uno?

—Tendrías que hacer como tu hermana. — Carla apuntó hacia donde estaba Julieta con Carlos. —Ella y Carlos se la pasan charlando. A él parece gustarle bastante.

— Cierto, ¿no?— Elisa inclinó la cabeza hacia un lado mientras observaba a la pareja. —Espero que no sea uno de esos rompecorazones que se hacen los galanes para después desaparecer.

—No parece ser del tipo, aunque una nunca sabe. Lo cierto es que a Juli no aparenta gustarle mucho.

—Sí que le gusta.

—Bueno, podría demostrarlo un poco más, porque así, por lo que yo veo, no se nota demasiado.

Elisa frunció el entrecejo. Esta Carla siempre daba la vuelta por el lado equivocado. —Recién se conocen, ¿que pretendés que haga? ¿Que se lo lleve al cuartito de las monturas para apretárselo?

—No seas ridícula. Pero que al menos parezca más dispuesta. Los tipos como Carlos no abundan por acá. Soltero, con plata y buena pinta. Juli es muy linda, pero ¿sabés la cola de minas que debe haber para tratar de enganchárselo? Si no le hace notar que ella está interesada y sigue con esa cara de mosquita muerta, él va a pensar que no le gusta se las va a tomar con el primer gato que se le cruce por el camino. Solo necesita tronar los dedos y van a aparecer veinte minas dispuestas a hacerle sentir que es el número uno.

— ¿Y si él sólo está pasando el rato? Sabemos que vino sólo por un par de meses. Le va a romper el corazón.

—A veces hay que jugarse y correr el riesgo. Y, te aclaro que, por ése, — Carla apuntó con el dedo a Carlos, que seguía de gran charla con Julieta, —vale la pena.

Elisa todavía no parecía convencida. —No sé …

—No digo que se le tire encima y le baje la bragueta, sólo que sea un poco más … dada, histeriquear un poquito, sin pasarse de mambo, claro. Hacerle sentir que el es lo máximo,  cuánto le gusta y eso. Se van en un mes. Tiene que dejarlo calentito ahora, porque una vez que se vaya… alpiste. Dejar pasar esta oportunidad sería realmente estúpido.

—Las hermanas se van a poner como locas. Y Darcy también. Estoy segura de que no les gustamos demasiado.

— ¿De dónde sacaste eso?

— ¿No viste cómo nos mira?

— ¿Nos? Elisa— Carla se rió— Pero si serás boba. Darcy no te saca los ojos de encima. Te aseguro que no mira a nadie de la manera en que te mira a vos.

—Por supuesto. Me está controlando, no confía en mí.

Carla suspiró profundo. Elisa era la chica más obtusa que jamás había conocido. —No seas ridícula.

— ¡Es obvio!— Elisa levantó las manos con exageración.

— ¿Por qué te empeñas tanto en verlo de la peor manera posible? ¿No será que te gusta y te molesta que no se te haya tirado un lance?

—¿Qué te fumaste? — Elisa protestó enérgicamente.

—Reconocé que estás obsesionada con el tipo.

—Para nada. Es él el que siempre me persigue con esos ojitos de paranoico, controlando todo lo que hago a ver si le hago algo a su maravilloso caballo y su montura importada de la repu…

Los ojos de Carla se abrieron de par en par cuando vio que Darcy venía por detrás de Elisa. —Ojo que ahí viene.

—¿Quién?— Ante la repentina advertencia, Elisa giró de golpe y casi choca contra el pecho de Darcy.

—Me llevo a Tuareg. — Dijo él con una media sonrisa dirigida a Elisa. —Ya me toca.

Carla los miró a Darcy y a su amiga y se mordió el labio inferior para evitar reírse. Elisa estaba colorada como un tomate y Darcy le pasaba tan cerquita que parecía que la iba a chocar. Luego él desató el caballo y lo montó de un salto.

Elisa lo siguió con la mirada y se quedó con los ojos fijos en apuesto jinete, pensando en todo lo que acababa de decirle su amiga. Darcy no era ni perfecto, ni estaba muerto por ella, ni era too much. Y a ella no le gustaba para nada. Y tampoco estaba obsesionada con él. No, para nada.

 

 

El domingo amaneció fresco y soleado y Elisa decidió que era hora de sacar un poco a su yegua y entrenarla. Con tanto  trabajo en la Reconquista y luego en casa casi no había tenido tiempo de entrenarla. Al principio, Brisa le dio bastante trabajo. Estaba recargada de energía y tuvo que darle media hora de trote con una soga larga para que la yegua se sacara los nervios de encima. Después se la llevo para la calle, a un descampado que había cerca y en donde había improvisado unas vallas con unos postes montados sobre unas pilas de ladrillos. Era un lugar tranquilo y con sombra en donde podía saltar sin ser  molestada.

Luego de un par de vueltas para calentar, preparó los obstáculos a una altura media, de manera que no presentaban demasiadas complicaciones. Hizo un par de giros alrededor, luego encaró la yegua hacia las vallas y saltaron. Todo salió perfecto.

Repitió el ejercicio un par de veces y cuando Elisa estuvo segura de que Brisa había entendido, se bajó para reacomodar los obstáculos. Esta vez los puso uno detrás del otro, bastante seguiditos, imitando un corral doble. No demasiado alto, como para que Brisa se fuera acostumbrando lentamente. Nuevamente hizo un par de giros alrededor, y enfiló hacia la primera valla a un galope corto.

Esta vez fue un desastre. Brisa notó algo distinto, se puso tensa y cambió el paso justo antes de entrar al primer obstáculo. Logró pasarlo, pero frenó antes del segundo y al tratar de esquivarlo por un costado, tiró todo al piso.

Como estaba sola en el descampado, Elisa tuvo que desmontar para acomodar todo de vuelta, cosa que hizo refunfuñando sin parar mientras Brisa mordisqueaba nerviosa el árbol al que estaba atada. Volvió a montar –algo que le dio bastante trabajo porque Brisa no paraba de dar vueltas-- e intentó repetir el ejercicio, pero esta vez los resultados fueron aún peores. La yegua estaba más empacada, se volvió más difícil de controlar y apuró el paso, y tiró todo otra vez. Elisa ya estaba por perder la paciencia y abandonar cuando escuchó un …

—Vas demasiado rápido.

— ¿Qué?— Ella se dio vuelta para ver quien le hablaba.

Delante de sus asombrados ojos estaba Guillermo Darcy, montado en su espectacular caballo negro. Detrás venían Carlos con Sonata y Carolina, a quien Hurtado le había prestado a Gin Tonic.

—Estás yendo muy rápido— Repitió él.

Era obvio que la yegua estaba muy acelerada, Elisa ya sabía eso, pero no tenía fuerza para frenarla. Es más, ya tenía una ampolla en la mano que le dolía bastante. Hizo su mejor esfuerzo para contener su cara de fastidio ante la interrupción, pero no le salió del todo bien. Para colmo de males, Darcy estaba desmontando y fue atar a Tuareg a una rama, clara indicación de que no pensaba irse de ahí. ¿Qué era lo que pensaba hacer? ¿Y qué cornos hacía Carolina con ellos?

Para empeorar las cosas, Darcy reacomodó los obstáculos. Sacó casi todos ladrillos y apoyó los postes a unos 20 cm del suelo.

—Tratá de ir más despacio,— le dijo muy calmadamente, —al trote, si es posible. ¿No tenés postes de tranqueo? —Darcy miró a su alrededor.

—No. — Contestó Elisa. Su yegua ha había pasado esa etapa desde hacía rato.

—Lástima. Eso le ayudaría a mejorar el ritmo. Podrías usar estos mismos, en el suelo. Con 4 estaría bien.

—Quedará para la próxima.

—Supongo. — Él le sonrió. —Vamos, date una pasada.

Elisa miró a los demás. Ahora iba a tener que demostrar sus aptitudes delante del jinete más hot de Sudamérica, Rapi-Charlie y la idiota de su hermana. A pesar de su descontento, Elisa hizo lo que Darcy le sugirió. Obviamente que iba a ser más fácil como él lo proponía, las vallas estaban más bajas, así que si salía bien no era porque Darcy le estaba enseñando nada nuevo, sino porque los obstáculos presentaban menor dificultad. Aunque la yegua tocó los palos, los pasó sin derribos.

—Temperamental, ¿no?— Darcy se acercó y le palmeó el cogote a la yegua. —Yo creo que está un poco confundida, nada más. Y le falta un poco de esta estado físico, reforzar la musculatura anterior.  Deberías arrancar desde el suelo, o a 10 cm, como para acostumbrarla a la combinación de dos obstáculos. Hasta que entienda, aunque así debería poder hacerlo.

—Pero ya está saltando 60 cm. Sería como volver atrás.

—Es lo que yo haría. A veces hay que darles tiempo.

Elisa ya estaba lista para protestar cuando escuchó la voz de Carolina. —Hacele caso, querida. Guillermo es un experto.

Sintiendo que la bronca le trepaba por el pecho, Elisa se mordió el labio para no contestar. Solo faltaba que Carlos emitiera su opinión para hacerle perder la poca paciencia que le quedaba. Darcy sostenía la rienda y en una voz suave le dijo,

—Probemos a 40 cm. Al trote, pero mantené algo de tensión en la rienda entrando al obstáculo y rozala con el talón. Que sienta que la dirigís y que con vos no se juega. Con algo de firmeza en la conducción va a andar bien, vas a ver.

Era fácil hablar de firmeza desde ahí abajo, pensó Elisa, ya con ganas de mandar al supergrupo ecuestre al mismísimo carajo, pero igual tomó el consejo del jinete más hot de Sudamérica e hizo lo que él le dijo. Esta vez salió perfecto.

Darcy se acercó sonriendo. —Eso estuvo muy bien. Podríamos probar más alto, si querés, aunque yo seguiría a esta altura por un tiempo.

—Probemos— dijo Elisa sólo para contradecirlo —no cuesta nada.

Sin decir palabra, Darcy agregó un ladrillo más y le pidió que diera dos vueltas al galope corto antes de encarar la valla. Cuando Elisa enfiló, escucho su suave ‘no te apures’ y saltó. Otro salto perfecto.

Nuevamente, Darcy se acercó a hablarle. —Tiene que corregir la posición de la cabeza, la lleva muy alta al entrar al obstáculo, pero con un poco de trabajo, eso es fácil de arreglar. Te felicito, tenés una yegua preciosa. Tiene coraje y actitud, deberías sentirte orgullosa.

—Gracias, — Elisa no pudo reprimir una sonrisa ante el cumplido. La verdad es que cuando quería, el tipo era realmente agradable.

—Considerate una privilegiada, Elisa, — comentó Carolina. —hay gente que paga fortunas para recibir clases de Guillermo.

—¡Qué honor!— Elisa dijo con un poco de sorna al ver la cara que Carlos revoleaba los ojos ante la exageración de su hermana.

—Guillermo es el mejor jinete del país, — y mirando a su hermano, agregó, —No te  sientas ofendido, Charlie, pero es verdad.

—Gracias, Caro, no había necesidad de recordármelo—y dirigiéndose a Elisa, le dijo –Elisa, menos mal que estaba Guillermo para ayudarte. Es mucho más paciente que yo para explicar las cosas.

—Eso es porque hablás tan rápido como montás, Carlos—le retrucó Carolina. —En cambio Guillermo lo hace a la perfección.

A Elisa tanto halago ya le parecía exagerado. ¿No se daba cuenta Carolina de lo ridícula que sonaba? —¿En serio? No sabía que eso era posible. Todos cometemos errores.

—Guillermo no, es perfecto— dijo Carolina.

—Nadie es perfecto— corrigió Darcy.

—No seas modesto, Billy. Jamás te he visto cometer un error o actuar de una manera que no sea extraordinaria.

Aparentemente Carolina se había olvidado de la casi caída del otro día, aunque Elisa tenía que reconocer que Darcy la había manejado excelentemente bien y que se necesitaba mucha destreza para controlar ese tipo de incidentes. La respuesta que Darcy le dio a la empalagosa condescendencia de Carolina sorprendió a Elisa. Esperaba cierta arrogancia de él, pero nunca tanta.

—Por supuesto que cometo errores, pero trabajo duro para evitarlos.  Trato de superarme todos los días. Por eso soy tan bueno en lo que hago.

Elisa reprimió una carcajada. —Eso sonó algo vanidoso.

—Puede ser, pero es la verdad— él le respondió.

Entre dientes, Elisa murmuró un —por eso nos despreciás a todos.

En vez de contestarle con la misma saña con que ella lo trataba, Darcy bajó la vista para luego subirla despacio y mirarla con una intensidad en los ojos que ella no pudo entender.

—Nunca fui muy bueno para tratar con la gente.

Le sostuvo la mirada hasta que ella, nerviosa, se acomodó en la montura y se hizo la distraída. En ese momento Carlos los interrumpió, preguntando para dónde convenía salir a dar una vuelta. Elisa les indicó un camino arbolado más adelante, sin pozos ni piedras, lindo y seguro para los caballos. Darcy montó a Tuareg y el trío de perdió  por detrás de los árboles, dejando sola a Elisa, pensando en qué cuernos quiso decir el misterioso señor Darcy.

 


Capítulo 5
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