Capítulo 39

 

 

—¿Ma, viste mi remera blanca? ¡La que tiene un dibujo de una mariposa! — Elisa gritó desde el cuartito de planchado.

Adela se acercó mientras se secaba las manos en su delantal de cocina. —¿No está acá? Me pareció haberla visto hoy temprano cuando saqué la ropa de la soga. ¿No la tendrá María?

—Si la tiene, la mato. La lavé ayer para llevármela hoy a La Peregrina.

—A ver …— Adela buscó entre el canasto de ropa recién lavada. Con cuatro hijas mujeres y un yerno casi adolescente, la cantidad de ropa que se lavaba en esa casa por día era muchísima. En medio de la parva encontró lo que buscaba su hija. —Mirá, acá está.

—Gracias, mami. — Elisa dobló prolijamente la remera.

La madre suspiró y se sentó en una de las sillas. —Van a ser unas Pascuas tranquilas sin vos ni Juli en casa.

—Yo también los voy a extrañar. —le sonrió a su mamá.

—La casa está tan quieta. Desde que empezaste el colegio y tu hermana se mudó con Carlos … ya no es lo mismo.

Elisa trató de darle ánimo. —Ay, mamá, no digas eso. Ya va nacer el bebé de Cata y vas a estar tan ocupada que ni vas a tener tiempo de acordarte de que no estamos.

La cara de Adela se iluminó. —Nunca me imaginé que sería abuela tan joven. ¡No veo la hora de que llegue ese bebé! Y después vendrán los tuyos y los de Julieta. Maria … bueno … espero que algún día siente cabeza, no sé que hombre la va aguantar con esos libros raros que escribe.

—A alguien va a encontrar, quedate tranquila.

—¿A qué hora dijiste que te venía a buscar Guillermo?

—Alrededor del mediodía. Quiero tener el bolso listo temprano, como para no andar corriendo. —Elisa siguió acomodando la ropa que pensaba llevarse. Dobló las prendas que acababa de planchar y apiló la ropa interior.

—Te llevás unas cuantas cosas. Ni que te fueras para siempre. —Adela comentó en tono de broma. Ahí apilada estaba la mitad de la ropa de su hija.

—Me voy por cinco días y no sé si Guillermo tiene planeado ir a algún lugar elegante o no. Mejor prevenir, no quiero ponerme todos los días lo mismo ni andar desarreglada. Tampoco quiero andar molestando para lavar mi ropa allá.

—No seas tonta. Me imagino que Guillermo tiene personal de sobra, una lavandería y esas cosas. Siempre se lo ve tan impecable que seguro lo atienden como un rey en la casa.

Elisa suspiró. —Seguramente. El mundo de él es tan distinto al nuestro. La casa es tan grande, tiene un ama de llaves, jardinero, empleados, personal de seguridad, empresas …a veces todo eso me asusta un poco.

Adela puso su mano sobre la de su hija. —Te vas a desenvolver como una reina, mi cielo. Si un hombre como Guillermo se enamoró de vos, es porque sos una chica extraordinaria. Un poquito peleadora a veces, pero tenés un corazón de oro. Sé vos misma, y todos te van a adorar como te adora tu novio.

—Gracias, ma. — Elisa sonrió con los ojitos radiantes de alegría.

—Estoy tan contenta por vos y Julieta. No pudieron encontrar hombres mejores para compartir su vida. Tanto Guillermo como Carlos son chicos de primera, tan correctos y de buena familia. Lo único que me pesa de todo esto es que cuando se casen te vas a ir a vivir tan lejos y que no nos vamos a ver como antes.

—No digas eso, mami. Son tres horas de viaje, nomás. — el color se le subió a los cachetes cuando su mamá mencionó el matrimonio. —Además, ¿quién dice que nos vamos a casar? No hace cuatro meses que estamos de novios. Tal vez en un par de meses nos peleemos y no nos volvamos a ver nunca más. Uno no sabe las vueltas de la vida.

Adela se rió de la ingenuidad de su hija. —Eli, mi amor, ustedes están tan enamorados que todavía no entiendo como todavía no se fueron a vivir juntos. Son el uno para el otro, de eso no me cabe duda. 

 

 

Darcy llegó pasado el mediodía, un poco más tarde de lo pactado debido a demoras en la ruta. Saludó a los Benítez y respondió de muy buen humor a los ‘cuidame a la nena’ y ‘que la pasen lindo, chicos’ que le impartieron los padres de su novia. Lo invitaron a almorzar, invitación que declinó para no demorar el regreso y junto con Elisa emprendió el largo camino a La Peregrina.

Cuando salieron a la ruta, Elisa le echó los brazos alrededor del cuello y le dio un beso ruidoso en el cachete. —Estoy recontenta de haber venido.

—Yo también de que vengas. —Él intentó devolver el beso sin perder el control del vehículo. — Cuando venía para acá me llamó Carlos. Me dijo que no pueden venirse esta noche, que vendrían recién mañana a mediodía. Parece que se les complicó porque Julieta tiene una cirugía y no sabía bien a qué hora terminaba.

A Elisa se le cayó un poco la sonrisa de la cara, pero no del todo. —Está a full con el trabajo, la tienen de acá para allá. Qué raro que no me llamó para avisarme.

—Debe estar ocupada.

—¿Así que vamos a estar solitos?

—¿Te molesta?

Elisa sonrió. —No, para nada.

—Esta noche pensaba hacer un asado, pero para nosotros dos no vale la pena. Le puedo pedir a Palmira que prepare algo, o nos podemos ir a cenar al pueblo. ¿Qué preferís?

Lo pensó por un momento. —Mejor nos quedamos en la casa, ¿no te parece?

—Me parece bárbaro. — A Darcy le gustó la idea. Así tendrían más tiempo para el romance.

Llamó a su ama de llaves y le dio nuevas instrucciones para la cena. A Elisa le gustó que también le pidiera que prendiera el hogar del living-room y las salamandras. Aunque no hacía mucho frío, a la noche refrescaba y más aún en el campo, en donde el clima era más destemplado. Además, los hogares a leña encendidos siempre le daban a los ambientes un tono más romántico.

Durante el camino, la pareja hizo planes para los cinco días que pasarían juntos. Hablaron de cabalgatas, un viaje a Capilla del Señor a ver una fiesta tradicional por las Pascuas y tal vez ir a Luján a probar las exquisiteces del restaurante de las misioneras de L’eau Vive. En ningún momento tocaron el tema sexo ni se mencionó en donde dormiría Elisa. No es que lo dieran por sentado o que lo estuvieran desechando, sino que prefirieron no discutir algo que podría incomodar a uno o a otro. Los dos querían dejar que las cosas fluyeran naturalmente, sin presiones ni apuros.

Llegaron al campo unas tres horas más tarde. Palmira los esperaba con mate, bizcochitos y otras delicias pero antes de sentarse en la galería, Darcy acompañó a Elisa al dormitorio para que dejara sus cosas y se refrescara después del viaje.

—Bueno, este es tu cuarto.

—Ah. — Elisa se quedó parada en la puerta  con una sensación muy rara en el estómago. Era una mezcla de desilusión y alivio, esperaba que él fuera quien tomara la iniciativa pero al mismo tiempo le gustó poder elegir, que no le estuviera imponiendo nada. ¿Se animaría ella a dar el primer paso o ésta era una simple cortesía de él para quedar bien y preparar el terreno? ¿Por qué siempre tenía que sobre analizar todo y llegar a la peor conclusión? Ya había decidido ir con la marea, y era hora de hacer exactamente lo que se había propuesto. 

—El mío está allá, al final del pasillo. — Darcy apuntó a la última puerta del lado de enfrente.

Elisa sonrió ampliamente. Su novio tenía una sonrisita traviesa dibujada en la cara que daban ganas de comérselo a besos.  —Bueno, ya sé en donde encontrarte.

Él no dijo nada. Llevó el bolso hasta una silla y le mostró en donde estaba el baño. Elisa nunca se imaginó que su dormitorio tendría baño en suite. 

—Espero que estés cómoda. Si necesitás algo no dudes en decirme.

—No creo, es un cuarto precioso. —Dijo, mirando alrededor.

—Era el cuarto de mi abuela, cuando venía a La Peregrina. Le hicimos unos arreglos hace poco, pero básicamente está como era entonces. ¿Querés que te mande a alguien para que te ayude a desarmar el bolso?

—No hace falta. Gracias.

—Bueno, te dejo un minuto para que te acomodes. Te espero afuera, así tomamos unos mates.

—Dale.

 

 

La tarde pasó rápido. Se sentaron en la galería a tomar mate y caminaron un rato por el parque, abrazados, mirando el caer del sol. Cenaron la rica comida que les preparó Palmira y luego se fueron para el living room a charlar un rato. Se acercaba la hora de ir a la cama y a Elisa ya le estaba empezando a revolotearle el estómago, tanto que se levantó del sillón en donde estaban sentados y se puso a recorrer la habitación, a mirar retratos y otros objetos que tenían poco de interesante pero que ayudaban a distraerla un poco.

Darcy no tardó en seguirla. Se paró detrás de ella y le masajeó los hombros antes de inclinarse un poco para darle un beso en la oreja.

—¿Y Justina? — Elisa preguntó de repente. —¿Por dónde anda?

Él se irguió enseguida. —En Punta del Este, con unas amigas.

—Ah.

Elisa siguió mirando fotos. Darcy pronto retomó sus caricias, tomándola de la cintura y deslizando las manos hacia su estómago para atraerla más hacia él. 

— ¿Este quién es? Se parece a vos.

Esta vez no la soltó, es más, la respuesta vino entremezclada con besos suaves aplicados en la delicada piel del cuello de su novia. —Mi papá. Dicen que nos parecemos mucho, aunque soy un poco más alto.

Ella suspiró y se reclinó contra su pecho. De nada servía resistirse, es más, no pensaba hacerlo y aceptó los besos y caricias inclinando la cabeza hacia un lado y cubriendo las manos de él con las suyas.

Los labios de él eran como brasas que la iban encendiendo lentamente. La hizo darse vuelta y sus bocas se unieron en un beso largo y hambriento que lejos de saciarlos, sólo aumentaba el deseo que sentían el uno por el otro.    

En eso, suena el celular de Darcy y los enamorados se separaron de mala gana. Lo atendió tras murmurar un insulto.

—¿Qué pasa? — casi le ladró a quien osó interrumpirlo.

Elisa pudo ver como el enojo se transformaba en preocupación. La conversación fue breve y terminó con un ‘enseguida voy para allá’ de su novio.

—Perdoname, me tengo que ir un momento, — Darcy suspiró, resignado. —Uno de los caballos tuvo un cólico y no encuentran al veterinario. Anselmo dice que no es nada serio, que ya está pasando, pero mejor ir a ver qué pasa.

—¿Querés que te acompañe? — Preguntó Elisa.

Él sonrió. Aparecerse con Elisa en los establos a esa hora de la noche daría que hablar al personal y no quería exponerla a eso. — Prefiero que te quedes en la casa, si no te molesta.

—Entonces te espero. — Ella le devolvió la sonrisa. —Voy a estar en mi cuarto.

Él le acarició la mejilla con ternura. —No tardo, te lo prometo.

 

 

Si bien el caso no era grave, Darcy se demoró casi una hora en volver. La casa estaba a oscuras y al no ver luz por debajo de la puerta de Elisa, fue directo a su cuarto a lavarse un poco y sacarse la camisa, que olía a establo. Estaba ansioso, inquieto y antes de hacer algo impulsivo –como ir al cuarto de Elisa y meterse en su cama-- caminó hacia la ventana, se reclinó contra la pared y se puso a observar inmensidad de la noche.

Esta era, sin duda, una noche hermosa. El cielo estaba limpio y lleno de estrellas y la luna en creciente, casi llena, blanquecina en su ascenso, daba algo de claridad a los jardines de la Peregrina. Por un momento, su mente se distrajo con las supersticiones camperas que acompañan a los cambios de luna, cómo el astro influenciaba la planificación de la siembra, la poda de frutales, decidía servicios y desencadenaba pariciones. El plenilunio era sinónimo de fecundidad, de siembra, de noches románticas entre enamorados. Ésta era una noche para amar y ser amado, para compartir y abrazar. Era una noche para hacerle el amor a la mujer que deseaba con locura.

Entrelazado en los sonidos de la noche, oyó un murmullo que no tardó en identificar,

—Guillermo …

 

 

Elisa estaba nerviosa. La repentina ida de Darcy le había dado un poco de tiempo para relajarse, para prepararse, pero aún así no podía aplacar la ansiedad que le estrujaba el pecho. Fue al baño, se lavó la cara y los dientes y observó su reflejo en el espejo por un largo rato, buscando imperfecciones, pensando los cambios enormes ocurridos en los últimos meses, cambios que Darcy trajo aparejados consigo poco más de un año atrás, cuando llegó a la Reconquista. Por primera vez sentía que su vida tenía un sentido, que seguía un rumbo, que los sueños de su infancia, que hasta no hace mucho le parecían inalcanzables, estaban cada día más cerca. Estaba descubriendo un mundo nuevo de la mano de él y no veía la hora de seguir recorriéndolo.

Fue a la habitación y tomó el camisón que compró para esta noche. Era de un fino algodón, blanco con un detalle bordado en el escote, sencillo y puro, tal vez un poco ingenuo, como ella.  Se desvistió, se lo puso, y se acercó a la ventana, a admirar la luna que asomaba sobre la arboleda del jardín. Con la luz apagada, se dejó envolver por la magia de esa noche preciosa, llena de ensueño, hecha para abrazar, para fundirse en el calor de los brazos del hombre que amaba.

Sintió el ruido de un auto acercándose a la casa y supo que Darcy ya estaba de vuelta. Oyó sus pasos en la escalera, en el pasillo y sintió un poco de tristeza, más bien de soledad cuando él de dirigió directamente a su cuarto. ¿No sabía que lo estaba esperando? Tal vez pensó que estaba dormida y no quiso molestarla. O no, tal vez se estaba preparando para golpear su puerta en un momento.

Pasaron cinco minutos y nada. Esto sólo aumentó la sensación de vació que venía creciendo desde que él la dejó sola en la casa y Elisa se dio cuenta de que no quería esperar más, que quería estar con él y así, descalza, vestida en su sencillo camisón blanco, salió al pasillo y fue directamente a su cuarto y abrió la puerta sin golpear. Vio su figura recortada en la ventana, iluminado por una tenue luz blanca que se filtraba por el vidrio, y esperó a que él notara su presencia. Pero eso no ocurrió, él siguió perdido en sus pensamientos, hechizado por la luna casi llena que trepaba por el cielo del campo.

—Guillermo …

Darcy se dio vuelta al oír su nombre. Vio la figura de Elisa en la oscuridad y quiso decir algo, pero no le salía la voz. Se había quedado mudo al verla en su habitación, descalza y vistiendo un camisón blanco cortito que hacía volar su imaginación. Era tan angelical como tentadora, inocencia y seducción, niña y mujer.

—No te escuché entrar. — Dijo finalmente, con el corazón latiéndole fuerte en el pecho.

—Te estaba esperando. —Ella respondió en una voz suave. —No te di un beso de buenas noches  y como no pasaste a … saludarme, quise venir a dártelo.

Darcy se le acercó lentamente. —Me ganaste de mano. Estaba por ir a tu cuarto a saludarte, pero quise cambiarme antes. Olía a establo.

Elisa notó que estaba sin camisa y al tenerlo más cerca, con sus ojos acostumbrados a la oscuridad, pudo distinguir los planos y sombras de sus músculos del pecho, el vello oscuro que bajaba por su estómago, el cinturón del jean desabrochado. Se le hizo agua la boca.

Darcy también estaba ensimismado el cuerpo de ella. De cerca, el camisón mostraba más de lo que cubría y supo que no llevaba corpiño al ver como los pechos jóvenes y firmes tensaban el delgado algodón. Sintió el despertar de su sexo y un revoloteo en el estómago que lo hicieron acercarse un poco más. 

—¿Buenas noches, entonces? — preguntó en voz baja.

Elisa sonrió y se adelantó hasta que estuvieron a un par de centímetros de distancia.  Se paró en puntas de pie y suspiró un —Como vos digas, mi amor, —antes de besarlo en la boca.

El beso se alargó y sus cuerpos se fundieron en un abrazo que dejaba más que claro que sería no era un simple beso de buenas noches.

—Elisa, — Darcy se apartó un momento. — Si pensás irte, mejor que lo hagas ahora, porque después no te voy a dejar ir.

—Me quiero quedar acá con vos.

No pudo haber sido más clara. Comprendido el mensaje, Darcy no perdió tiempo y se puso manos a la obra. La besó, largo y profundo, le acarició suavemente el cuerpo, reconociendo curvas de manera íntima y sensual. Pronto se deshizo del delgado camisón y la trajo contra su cuerpo para besarla y abrazarla como sólo los amantes lo hacen. Pensó en preguntarle una vez más si estaba segura, pero se dio cuenta de que no tenía sentido ya que Elisa estaba desprendiéndole el pantalón con dedos ansiosos. Se lo quitó rápidamente y así, casi desnudos, se tendieron en la enorme cama a continuar con las atenciones que los acercaban cada vez más a la consumación de su amor.

Darcy sabía que la primera vez de una mujer podía ser dolorosa así que fue especialmente cuidadoso. Se tomó su tiempo en acariciarla y en despertar su ardor. No sólo quería complacerla sino también tomar placer en ella y lentamente comenzó un juego amatorio que la hizo contonearse y suspirar por más. Besó sus labios, libó de  sus pechos y deslizó su boca lentamente por la suave piel del abdomen, excitándola con labios y lengua. Mordisqueó su cintura hasta llegar a la inquieta cadera para quitarle esa diminuta tanga y así tenerla desnuda y abierta en su cama, como la venía soñando desde hacía meses. Al deshacerse de la prenda la besó en el ombligo, luego más abajo en donde nacía el monte de Venus y hubiera seguido hasta probar su sexo si Elisa no hubiese apretado las piernas y suspirado un tímido ‘no’ que lo hizo darse cuenta de que ella todavía no estaba lista para esto.

Así retomó el camino de subida y se dedicó a besar sus pechos y mientras jugaba con sus pezones, le acarició las piernas, masajeando el muslo hasta llegar al lugar que sus labios no habían podido tocar. Esta vez ella lo dejó proseguir y se abrió a un toqueteo que empezó suave y discreto pero que rápidamente se hizo más desvergonzado y sexual cuando Darcy, sin reparos, deslizó los dedos entre sus pliegues y desparramó su humedad, alistándola para su ingreso.

—Tocame, Elisa, por favor,— le suplicó al oído mientras la frotaba con anhelo.

Elisa no yacía pasiva. No hacía más que arquearse y acariciarle la cabeza a Darcy mientras él la acercaba cada más a su placer. Ante este pedido, ella deslizó una mano por el cuerpo de él y tomó el miembro erecto que asomaba por la abertura de sus boxers. Sus bocas se unieron en un beso ansioso y voraz. Ella lo tocó con cierta timidez al principio para luego empuñarlo con seguridad y firmeza, acompañando al ritmo que imponían sus caderas. Así siguieron un tiempo, dándose placer con sus manos hasta que Darcy la llevó hasta donde él quería y la sintió ponerse tensa con la llegada de su clímax. Percibió sus latidos y, loco de excitación, se apartó para quitarse los boxers y buscar protección. Más listo que nunca, se acomodó entre sus piernas y, por fin, ingresó a la oscuridad virginal de su sexo.

El paso fue rápido y si Elisa sintió algún malestar, no lo hizo saber. Darcy prosiguió con delicadeza, a un paso lento, mirándola a los ojos, dándole besos suaves en la cara y en el cuello mientras esperaba que ella se amoldara a él. Sin embargo y a pesar de sus esfuerzos, ya sea por inexperiencia o nerviosismo, Elisa no pudo relajarse del todo y entregarse completamente al goce. Estaba tensa y eso le generó un poco de incomodidad. Por suerte Darcy era un hombre ducho en el arte de amar y el roce y la presión que ejercía sobre un área extremadamente sensible le generaron otro tipo de tensión, de esas que hace que una mujer se arquee contra el cuerpo del hombre amado y Elisa pudo lograr un pequeño clímax. Lo sostuvo firme entre sus piernas y, acompañando sus jadeos, lo incitó a ir más rápido, más profundo hasta que lo hizo perder el control y Darcy, finalmente, cayó rendido sobre ella.

Una vez recuperado el aliento, Darcy se elevó para apoyarse en un codo y así dejarla respirar. Acercó una mano para acariciarle el pelo y la besó suavemente en los labios.

—¿Estás bien? — Darcy le preguntó con ternura.

Ella asintió y se sonrieron.

Así comenzó esa noche de luna casi llena, de mares y de sudor, de sábanas enroscadas en los cuerpos de dos enamorados que finalmente se entregan a sus pasiones. Siguieron despiertos casi hasta el amanecer, probando nuevos placeres, hasta que finalmente los venció el sueño y se durmieron muy juntos, acunados por el cansancio que sólo llegan después de una larga noche de amor. Estaban felices como pocas veces lo habían sido.

 

 


Capítulo 40
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