Capítulo 3

A medida que pasaban los días, el entrenamiento se hacía más intenso. Los atletas --caballos y jinetes-- comenzaron a sentir las consecuencias del esfuerzo físico y se redoblaron los cuidados para evitar lesiones. Los equinos empezaron con fisioterapia, elongaciones y masajes mientras que los que los conducían ya sufrían los típicos trastornos físicos que acompañan la práctica de este deporte. Ampollas en las manos, dolores de espaldas y contracturas de hombros. Sin embargo, como profesionales que eran, no permitían que estos inconvenientes afectaran su desempeño. Luisa entrenó todo un día con una ampolla gigante en la mano luego de batallar toda una mañana contra su neurótico Papillon y Teodoro montó un día entero con resaca.

Hasta el excelente Tuareg tuvo desentendimientos con su jinete, a quien casi lanzó despedido de su montura en un violento desvío frente a una valla. Si Darcy no se cayó fue porque era un jinete extraordinario y pudo mantenerse en su montura mientras su caballo corcoveaba. Estaban encarando una vertical a bastante altura y el poderoso caballo, que ya venía mostrando señales de rebeldía desde temprano, se empecinó en cambiar el paso antes de entrar al obstáculo. La velocidad no fue la correcta y Tuareg dudo en el último segundo. Darcy lo incitó a seguir y la valla se les vino encima. Tuareg se desvió para un lado, descolocando a su jinete. Por un instante perdieron completamente el equilibrio y casi caen juntos al suelo. Darcy pudo reunir al caballo y por muy poco evitó salirse de la montura o terminar seriamente golpeado contra los postes. El incidente no estuvo falto de consecuencias, y si bien no sufrieron colisiones, Darcy terminó el ejercicio con un fuerte tirón en la espalda.

Pero, como profesionales que eran, no iban a dejar que el caballo terminara su entrenamiento con una desobediencia. Este tipo de vicios eran bastante difíciles de corregir una vez instalados y el coronel, luego de preguntarle a Darcy si estaba bien para seguir, le ordenó dar un par de vueltas para calmar al caballo. Saltaron el corral 3 veces y cuando estuvieron seguros que Tuareg había entendido quien mandaba, el binomio pudo ir a descansar.

Elisa vio todo esto con ojos asombrados. La cara de dolor de Darcy era más que evidente pero nunca se quejó y trabajó hasta el final. Cuando finalmente desmontó, le dio las riendas a Elisa y le dijo que lo hiciera caminar a Tuareg hasta que se enfriara.

— ¿Estás bien?— Preguntó el coronel mientras Darcy se inclinaba hacia delante y apoyaba las manos en las rodillas. —No te habrás movido un disco, ¿no?

—No creo. Me parece que es el lumbar, una visita al kinesiólogo y estoy bien.

—Voy a hacer venir a mi acupunturero de Buenos Aires. Andate a la cama y aplicate calor. ¿Sabés que fue tu culpa, no?

—Si, ya sé, lo tendría que haber parado y empezado de nuevo. Creí que iba a poder pero por lo visto calculé mal.

Ahí mismo, con Darcy dolorido por la lesión, el coronel conversó con su pupilo los errores técnicos que cometió y que luego desencadenaron en el ‘accidente’. Darcy lo escuchó atentamente y prometió trabajar sobre eso en la próxima clase. Elisa no entendía cómo iba a hacer, ya que sabía lo que dolían esas lesiones y lo que se tardaba en recuperarse. Pero a estos profesionales nada los detenía. Si se quebraban, montaban enyesados y si el dolor era intenso, tomaban un par de analgésicos y seguían adelante. Y para una chica que jamás podría acceder a siquiera ver este tipo de clases, observarlos y aprender de ellos era todo un privilegio.

De esta lección comprendió la importancia de formar un equipo entre caballo y jinete. Saltar a esa altura requería un alto grado de confianza mutua y la intensidad de ese vínculo tenía impacto directo en el desempeño. Con esa desobediencia, Tuareg testeó la confianza de su dueño y como castigo, no recibió las zanahorias que habitualmente Darcy le daba después de cada práctica. Darcy estaba enojado y Tuareg se dio cuenta.

—Por suerte no te caíste. — Le dijo Elisa cuando él se acercó a desensillar su caballo. —Te hubieras dado un golpe bárbaro.

—Tuve suerte. — Contestó Darcy, algo cortante.

Elisa levantó una ceja ante el casi exabrupto. Tampoco era para agarrárselas con ella. Si casi se cayó, no era su culpa.

Darcy le sacó la brida al caballo y le puso un bozal. —Bañalo y atalo debajo de un árbol. Tiene que meditar un poco acerca de lo que hizo.

Ni por favor, ni gracias, notó Elisa. Tomó la rienda y se llevó a Tuareg hacia la ducha. Bajito, le dijo al animal, —Es un resentido. La próxima vez, hacé que se caiga. A ver si así aprende a ser un poco más educado.

Detrás de ella, Darcy caminaba despacio hacia la casa, medio doblado por el dolor en la espalda.

 

 

—¿Y cómo andás de la espalda?— Carlos le preguntó a Darcy durante la cena.

—Bien, no fue para tanto. —Dijo su amigo mientras cortaba su pollo.

—Bueno, por lo visto Sonata no es la única que se porta mal. Parece que el perfecto Tuareg no es tan perfecto después de todo.

Darcy se sonrió. —Al menos no comí tierra, como uno que yo conozco. ¿Cuántas veces te tiró tu yegua ya?

—Tres, ¿no es divina? — se rió Carlos. Su amigo siempre le tomaba el pelo por su indisciplinada Sonata. Y él la adoraba.

—Francamente, Charlie, —Luisa se metió en la conversación. —No sé como todavía no te mataste. Esa yegua te tiró más veces que ningún otro caballo que hayas tenido.

—Pero es preciosa. No hay otra igual.

—Y loca como una cabra. Menos mal que no hay otra igual porque no habría seguro que te cubra. — Protestó su hermana.

—Guillermo, — Carolina aprovechó la oportunidad para intentar un acercamiento. —Si todavía te duele la espalda te puedo hacer un masaje. Me han dicho que soy muy buena en eso.

Darcy la miró un momento, parpadeó y dijo. —No gracias. Estoy bien.

Por lo bajo, Carlos hizo un comentario acerca de lo bueno que sería recibir un masaje de la linda veterinaria que atendía los caballos. Teodoro hubiera querido acotar al respecto pero (sabiamente) optó por evitar comentarios libidinosos delante de su esposa.

—La verdad es que no sé como el coronel contrató a esta gente para ayudarnos. Son de cuarta.

Carlos levantó la vista hacia su hermana y respondió, algo enojado. —No sé de que te quejás, Caro, no sos parte del equipo.

—Bueno, — Carolina miró a Luisa en busca de apoyo, pero su hermana prefirió no adherirse. —Hay mejores caballerizos en Pergamino.

—Eso no es cierto, — comentó Darcy. —Tengo que reconocer que son muy eficientes.

—Y lindas. — Acotó Carlos.

Darcy sabía exactamente hacia donde iba su amigo y respondió con una media sonrisa. —Eso no te lo voy discutir.

— ¡Pero dale, ché! Si están bárbaras! No me podés decir que Juli no es una belleza. — Carlos largó la carcajada. Era bastante raro que Darcy admitiera en la mesa que las chicas eran más que atractivas, y estaba dispuesto a exprimir el momento al máximo.

—No sé, siempre está sonriendo como si supiera algo que nosotros no sabemos.

—Mirá que sos jodido, eh? ¿Por qué siempre estás desconforme con todo lo que se te cruza en el camino?

Darcy se rió entre dientes.  — ¿No será que a vos te viene bien cualquier cosa? Aunque debo admitir que tu nueva veterinaria es de lo mejorcito que te vi elegir. Parece ser una buena chica.

Carlos le apuntó con su tenedor en señal de advertencia para que deje de tomarle el pelo con ese asunto.

—Si, será una buena chica, — dijo Carolina, —pero, ¡qué profesión se vino a elegir!

— ¿Qué tiene de malo?— Se quejó Carlos.

—Es veterinaria de caballos. ¿No es algo masculino? Siempre rodeada de caballerizos y petiseros en el hipódromo, esa gentuza. Es medio … cómo te podría decir, vulgar.

—No coincido. Hay cientos de veterinarias mujeres en grandes animales. No veo nada de malo en que trabaje en un hipódromo. Mirá a Luisa. Vive entre caballos y es mujer.

Luisa miró a su hermano horrorizada. ¿Su hermano la estaba comparando con Julieta Benítez?

Carolina, al ver que no lograba nada, mucho menos la atención o el apoyo de Darcy, cambió de rumbo. —Bueno, te lo acepto, pero no me digas que su hermana no es un desastre. Esa sí que hace trabajo de gurí ¹ de establo.

Ese comentario le valió la mirada penetrante y poco amistosa de Darcy. —Los caballos están más que bien con ella.

Luisa se enganchó en la pelea. —Sí, los caballos están bien, pero … notaste como tenía el pelo esta mañana? Habría que regalarle un cepillo y un espejo.

— ¡Qué horror!— Carolina soltó una carcajada gallinácea. —Me imagino que ni siquiera sabe qué es un anti-frizz. Pero hay que entenderla, en este pueblo pedorro en donde ni siquiera hay una perfumería decente, ¿qué podés pretender? La chica hace lo que puede.

—Yo no le noté nada de malo en el pelo. — Dijo Darcy. En realidad, le gustaba mucho el pelo de Elisa. Siempre le gustaron las mujeres con rulos y nunca entendió bien porqué tenían esa manía de alisárselo.

—Hombres, — suspiró Carolina. —Nunca se dan cuenta de nada. Es tu caballerizo, Guillermo, tu petisera. ¿Qué dirías si tu hermana se ganara la vida cepillando caballos y juntando bosta?

—Diría que un poco de trabajo duro y honesto no le vendría nada mal. Talvez eso la baje de la nube en la que está posada.

—No es la única. — Acotó Carlos por lo bajo.

Decidida a no dejarse vencer, Carolina prosiguió. —Escuché por ahí que está considerada una de las chicas más lindas del pueblo. Julieta te lo admito, pero esa Elisa…

Esta vez Darcy se cuidó de no decir nada, aunque, francamente, las ironías de Carolina lo tenían harto.

—Bueno, — dijo Luisa, —con la fauna que hay a nuestro alrededor, no me extrañaría que esta chica fuera la más linda del pueblo. Hasta estoy segura de que este es el mejor trabajo al que puede aspirar.

—Estás siendo injusta, — dijo Carlos. —Son buenas chicas y la verdad que se están rompiendo el traste para hacer este trabajo. Y lo hacen para aprender, porque de otra manera nunca podrían acceder a trabajar para un equipo internacional como nosotros. Para mí, el esfuerzo que hacen es muy meritorio.

Aparentemente Carlos no se iba a dejar influenciar, pero no por eso Carolina dejó de presionar. —Voluntariosa o no, eso no justifica su desprolijidad. — Girando para mirar a Darcy, agregó. —Me imagino que después de verla hoy la considerarás menos ‘preciosa’.

—Todo lo contrario.

Esta vez Carolina cerró la boca. Tendría que tener más cuidado con esta Elisa Benítez y la admiración que Darcy sentía por ella.

 

 

 

En la Arboleda, la conversación era bastante similar a la que se mantenía en La Reconquista. Durante la cena, le bajaron la caña a todo el mundo.

—¿Y cómo te fue hoy? — preguntó Tomás, enterado de que su hija estaba medio enojada con los jinetes internacionales que la empleaban.

Elisa revoleó los ojos con un suspiro de hastío y dejó a Julieta que contestara. —Muy bien, como siempre.

—Ché, me comentaron que ese tal Barrechea te echó el ojo.

A Julieta se le subió el color a la cara — ¿De dónde sacaste eso?

—Me contó un pajarito. Me dijeron que el sábado a la noche se los vio muy juntitos, charlando y bailando.

Julieta miró a Catalina con cara de bronca. Su hermana era una boquifloja. —Pa, no pasa nada, somos amigos.

—Juli, nena, — Adela se metió en la conversación, —si a este muchacho le gustás, no hay que dejar pasar la oportunidad. Es un buen partido, tenés que hacer todo lo posible para enganchártelo.

—Ma, no sería correcto. Trabajamos juntos.

— ¿Y? No van a estar acá para siempre. Vos sabés que acá en el pueblo no hay mucho de dónde elegir. Los hijos de los estancieros vecinos siempre se casan con modelos de Buenos Aires. Además son una manga de borrachos que lo único que hacen cuando vienen para acá son desastres tras desastres. Pero estos tipos son serios, o por lo menos así parecen. Vos haceme caso. Conquistate a este Carlos y todos nos vamos a salvar. Porque si dependemos de Elisa, estamos fritos. Con ese genio podrido que tiene nunca la va a aguantar ningún hombre.

—¡Mamá!— protestó Elisa.

—Basta del Carloncho este, contame del resto. — Dijo Tomás, dirigiéndose a Elisa, quien era conocida por defenestrar a sus empleadores sin demostrar piedad.

No faltaba mucho para hacerla arrancar y enseguida lanzó la primera piedra. —Tendrías que verlos, los cuatro jinetes del Apocalipsis. Se creen lo máximo. No porque no lo sean, porque la verdad es que son fantásticos, pero ¿tienen que creérsela de esa manera? A la que no entiendo es a Carolina, no sé que hace acá. Ni siquiera anda a caballo. Y Hurtado es un borracho de aquellos. La otra tarde casi se cae del caballo. Después me enteré de que se había bajado una botella de vino en el almuerzo. Luisa es buena, no lo puedo negar, pero parece que siempre está oliendo caca, por la cara de asco que tiene. — Acá hizo una pausa para tomar aire. —Ni te cuento de ese Darcy. He visto tipos groseros pero él se lleva el premio. Nos mira como si fuéramos … no sé, sus esclavos. Además, nació acá y vivió toda su vida acá y tiene acento Inglés. ¿Quién cornos se cree que es?

—Leí que es uno de los mejores jinetes del momento. — Dijo su padre sonriendo ante las caras que ponía su hija.

—Hoy casi se cae, así que tan bueno no es. Ay, Pa, si vieras el caballo que tiene. En mi vida vi nada igual. Es… perfecto.

—Si, ya me dijiste.

—Mataría por montar un caballo así.

— ¿Y porqué no le pedís permiso para dar una vuelta?— Preguntó su madre.

— ¿Estás loca? ¿Con lo celoso que es? Ni siquiera me deja bañarlo! Es un obsesivo, un desconfiado. Debe creer que… no sé, que soy una idiota que no sabe andar o cuidar un caballo. Es tan engreído, un imbécil. Lo odio.

—¿En serio? No me di cuenta. — Se rió su padre.

 

 

—Juli, me prestás unas gomitas para el pelo? Perdí las mías y con la humedad que hay lo tengo hecho un desastre. Parezco el rey león. — Elisa entró al cuarto de su hermana.

—Fijate en la cajita.

Elisa revolvió entre la bijou de su hermana hasta que encontró dos gomitas del mismo color.  —Che, cómo te colgaste con Carlos hoy.

—Sólo charlamos.

— ¡Ja! Claro. Por dos horas. El tipo está re-muerto por vos.

—No digas pavadas. — Juli se puso colorada. —Es así de atento con todo el mundo.

—Si, pero conmigo no se cuelga charlando toda la tarde. ¿Te gusta?

—La verdad que es un divino total, muy educado y súper simpático. Se nota que es un chico de buena familia. Me contó que para ellos es un sacrificio enorme venirse hasta acá y dejar todo para entrenar para estos torneos.

—Pueden pagarlo, ¿no?

—Plata no les falta. ¿Te imaginás la vida que deben llevar? Viajando por todos lados, el desarraigo...

Elisa se rió ante  la inocencia de su hermana. —Sí, un sacrificio bárbaro, viajar por el mundo en primera clase, saltando en torneos, conocer a la realeza. Me encantaría sacrificarme de esa manera. Sacrificio es lo que hacemos nosotras, Juli, que laburamos como hormigas para ganar dos mangos. Ellos viven una vida de lujo que más de uno envidiaría.

—Yo creo que debe ser agotador. Me contó Carlos que además de la inversión que están haciendo para este torneo, tienen sponsors que los presionan por resultados. También me dijo que tuvo que dejar su trabajo para venirse a entrenar acá y que Darcy tuvo que posponer otras cosas para poder entrar en estos torneos. Tienen prácticamente un año de gira por delante.

— ¿Qué, el jinete más hot de Sudamérica no puede hacer dos cosas al mismo tiempo?

—No seas mala. Darcy parece ser buena persona.

—Bueno, para mí no lo es. Me dijo que era una amazona de segunda. Ni siquiera me vio montar.

—Fue sólo un comentario. Tratá de entenderlo.

—Jamás. — Respondió la tozuda Elisa.

 

 

¹ gurí – chico o muchacho (generalmente mestizo), en guaraní

 


Capítulo 4

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