Capítulo 29

 

 

 Elisa estaba en un estado de desolación tal luego de su encuentro con la RAyD que no pudo parar de llorar. Se fue del Serviclub y lloró todo el trayecto a su casa. Una vez ahí, se fue corriendo para el cuarto y se encerró a llorar hasta que se quedó dormida.

Guillermo Darcy estaba comprometido. O algo parecido, no estaba segura, pero le quedó claro que estaba en una relación con otra mujer. Y no con cualquiera, sino con la mujer más hermosa y elegante que Elisa jamás haya conocido. Parecía una modelo de alta costura. Elisa sabía que no podía competir contra eso, no porque ella no se considerara bonita, sino porque esta tal Ana Vallejos era lo opuesto a ella. Elisa era bajita, con más curvas, de pelo oscuro y ondulado y con pecas en la nariz. Además prejuzgó y agredió a Darcy en el pasado, algo que la RAyD seguramente jamás hizo. ¿Qué hombre la preferiría a ella por sobre esa diosa de 1,70m del altura?

Sin embargo, Darcy la quiso en algún momento. No, no sólo la quiso sino que estuvo loco por ella, así que talvez su relación con la RAyD no era tan especial como ella dijo. ¿Pero si no lo era, por qué le dio ese anillo? Talvez Darcy quería tirarse una última canita al aire antes de formalizar el compromiso y la eligió a ella. Elisa revoleó los ojos ante su tremenda estupidez. Lo estaba prejuzgando nuevamente. Darcy no era ese tipo de hombre, ya había tenido suficientes pruebas de su nobleza y caballerosidad como para seguir pensando tan mal de él. Así que, tal vez, las cosas no eran como la rubia alta y despampanante las pintaba y Darcy sí prefería a las petisas pulposas sobre las diosas de piernas largas y perfectas.

Pero como Darcy se había marchado para no volver, todo este razonamiento se fue por un caño. Ya habían pasado casi dos semanas desde su visita no se sabía nada de él. Todos los días, Elisa miraba su número grabado en el celular y pensaba en llamarlo, pero jamás juntó coraje para hacerlo. Se sentía miserable.

El viernes, al día siguiente de la visita de Ana Vallejos, Elisa se levantó agotada y se arrastró hasta el baño. Cuando se vio al espejo, se horrorizó. Tenía los ojos hinchados, el pelo hecho un nido de caranchos y marcas de la almohada cruzándole la cara. No podía seguir así. Tenía que seguir con su vida y olvidarse de Guillermo Darcy.

Hizo los quehaceres y se fue para el pueblo a ver al dentista para una limpieza y control. Una buena. Tenía la boca perfecta, ni una caries. Era libre para besar a quien quisiera. Pero no tenía a nadie a quien besar. Maldito Guillermo Darcy.

Cuando llegó de vuelta a casa vio el auto de Carlos estacionado en la entrada. Ahora iba a tener que aguantarse a su increíblemente feliz hermana y al divino de su novio y hacer de cuenta de que todo estaba genial cuando tenía el corazón hecho pedazos de tanto extrañar a Guillermo Darcy. Malditos todos.

—¡Eli, por fin llegaste! — Julieta dijo alegremente. —¿En dónde estabas? Te llamé al celu.

—Me quedé sin batería. Anoche me olvidé de car ... — Elisa llegó al living y se quedó petrificada. Carlos no vino solo. Sentado en el sillón, estaba Guillermo Darcy.

Carlos y Darcy se pusieron de pie para saludarla. Ella se acercó tímidamente y le dio un beso en la mejilla a cada uno. Si alguien dijo algo, no lo escuchó porque el corazón le latía tan fuerte que no oía nada.

—Te estábamos esperando. Los chicos vinieron a pasar el fin de semana largo a Pinamar y Guillermo quería saludarte. Estábamos arreglando para salir todos juntos esta noche. — Comentó Julieta. —¿Podés o tenés algo que hacer?

—¿Eh? — El corazón de Elisa casi se le salta del pecho. — N-no, no tengo nada planeado.

—Genial. Nos vamos para allá tipo 9, ¿te parece bien, Charly? Tengo que pasar por el consultorio, pero me libero temprano. — dijo Julieta.

Quedaron en encontrarse en un restaurante de Sushi en Pinamar, a las 9. Elisa ya estaba estresada. No entendía qué pasaba. No sabía qué pensar. A Darcy se lo veía más o menos relajado, lo vio sonreír un par de veces, pero no parecía del todo cómodo. O tal vez sí, no estaba segura ya que ella estaba demasiado nerviosa como para sacar conclusiones claras.

¿Había hablado él con la RAyD? Si habló, ¿por qué estaba acá, invitándola a cenar afuera? ¿La estaba invitando o simplemente se acopló a la salida de Carlos y Julieta? La incluyeron, así que era una doble cita. Doble cita, que antiguo. Ya nadie usaba ese término. ¿Cómo le decían ahora? No sabía. ¿Si Darcy se le insinuaba, qué iba a hacer? ¿Qué haría si no? ¿Qué cuernos se iba a poner?

Al final, optó por una blusita blanca no demasiado escotada y una pollera por sobre la rodilla que todos le decían le quedaba muy linda. Se dejó el pelo suelto, sujeto hacia atrás con una vincha. Una vez lista, se quedó mirando su imagen en el espejo. Suspiró profundo y rezó para que Dios la ayude.

Al parecer Julieta se había contagiado de la impuntualidad de Carlos, ya que llegaron al restaurante unos 15 minutos tarde. Elisa odiaba dejar a la gente esperando. Darcy y Carlos estaban en la barra cuando llegaron, tomando una cerveza, relajados y de buen humor. Julieta hizo el chiste de haber llegado tarde en venganza por todas las veces que Carlos la hizo esperar y él se mató de la risa. Así arrancó la noche.

El restaurante era muy lindo. Era sobrio, con un estilo oriental minimalista. Comieron con palitos, algo a lo que ni Julieta ni Elisa estaban demasiado acostumbradas y los hombres se encargaron de enseñarles. Esto propició situaciones muy divertidas en las que todos se rieron mucho y también generó varios acercamientos entre Elisa y Darcy ya que él, solícitamente, le sostuvo la mano mientras le explicaba la técnica para manejar los palitos. De no ser por la rubia alta y despampanante de sus pesadillas, esta habría sido una noche perfecta para Elisa.

En cuanto salieron del restaurante, vino la sugerencia obligada por parte de Carlos.

—¿Che, tienen ganas de ir a bailar?

Julieta contestó un alegre ‘¡Dale!’, Elisa un dudoso ‘no sé’ y Darcy un rotundo ‘no’.

Los cuatro intercambiaron miradas. Si Elisa no iba, eso quería decir que Julieta tenía que volverse al pueblo a llevar a su hermana a casa y no tenía ningunas ganas de perderse de ir a bailar con su novio.

Darcy se aclaró la garganta. —¿Por qué no van ustedes? Yo puedo llevar a Elisa a casa, si ella quiere, por supuesto.

—¿En serio no te molesta, Guillermo? — Julieta le preguntó a Darcy y luego miró a su hermana. —¿Luli, no tenés problema?

—No, — Elisa sonrió, nerviosa. — Vayan tranquilos. Diviértanse.

—No te preocupes, — le respondió Darcy. —yo la alcanzo.

Se despidieron en la puerta del restaurante. Carlos y Julieta se fueron en el auto de ella y Darcy guió a Elisa hasta su camioneta. Soplaba una brisa marina fresca y, aunque estaban en pleno verano, la temperatura había bajado mucho.

—¿Tenés frio? — Darcy notó que Elisa tenía los brazos cruzados sobre el pecho, como tratando de no tiritar.

—No, estoy bien. — ‘sólo estoy entrando en pánico’ se dijo a sí misma.

Le sonrió y le abrió la puerta del vehículo para que subiera. Cuando se sentó en su asiento de conductor, Darcy se quedó callado un momento, puso la llave en la ignición, pero antes de encender el motor, preguntó,

—¿Tenés ganas de ir a tomar un café? O podemos ir a tomar un helado.

La estaba invitando a tomar algo. Elisa sintió que se ponía colorada. Por suerte estaba oscuro dentro del auto. —Café, gracias.

Darcy puso en marcha la camioneta y salieron hacia un café/bar muy lindo que había cerca de la playa. Era el típico bar para ‘levantar’, íntimo, oscurito, con mesitas chicas, sillones para reclinarse y velitas en las mesas como única iluminación.  Había mucha gente, pero por suerte se desocupó una mesa enseguida y pudieron sentarse. 

Una camarera les tomó su orden –un café irlandés para Darcy y un cortado para Elisa— y se quedaron callados un momento. Él hizo algunos comentarios del lugar y Elisa asintió, intentando ser simpática. No podían relajarse y al cabo de un rato, Elisa no pudo más y soltó lo que tenía atorado en la garganta desde hacía tiempo. Estaban ahí sentados, él estaba siendo súper atento y amable y no podía seguir haciendo de cuenta que no sabía lo que había pasado.

—Guillermo, — empezó luego de un suspiro. — Quiero agradecerte lo que hiciste por mi familia.

Él se la quedó mirando como si no entendiera.

—Sé que recuperaste a Brisa y que ayudaste a mi papá con ese problema que tuvo con Jerónimo. Supongo que debe haber sido un gran trastorno para vos y quiero que sepas que realmente aprecio lo que hiciste.

Para Darcy fue como si le hubieran tirado un baldazo de agua fría en la cabeza.

—Lamento mucho que te hayas enterado de esto, — dijo después de una pausa muy intensa. — seguramente te sentirás muy incómoda. Nunca pensé que tus tíos te contarían. Quedamos en que no se lo diríamos a nadie.

Al ver que Darcy parecía molesto, Elisa puso su mano sobre la de él para calmarlo.  —Por favor, no pienses mal. Ellos no me contaron. Me enteré por el chofer de la camioneta que trajo a Brisa. Dijo que vos lo habías contratado. Llamé a mi tía y la volví loca hasta que me contó todo. Te quiero agradecer en nombre de toda mi familia. Aunque ellos no saben una palabra de esto, te lo agradeceremos eternamente.

Darcy se quedó callado un momento, mirando sus manos. Tomó aire, la miró y dijo, —Ellos no tienen nada que agradecerme. Lo hice por vos, Elisa. Sólo por vos.

El corazón de Elisa empezó a latir fuerte. No supo qué decir. Él le sonrió tímidamente y ella sintió que se derretía en su silla. Le devolvió la sonrisa.

Hablaron un rato largo, como hasta las 2 de la mañana. Se contaron cosas de sus vidas –trivialidades cotidianas—que ninguno sabía del otro. Lentamente, empezaron a conocerse y, por primera vez, se sintieron cómodos y a gusto el uno con el otro. Darcy era obviamente un tipo tranquilo y Elisa estaba impresionada con su fortaleza, inteligencia y buen humor –siempre lo consideró un amargo— y él quedó prendado de su vivacidad, entusiasmo y espontaneidad.

En el camino a La Arboleda arreglaron para verse al día siguiente, a la noche, a cenar. Aparentemente Carlos y Julieta tenían planes para ir a un concierto de rock en la playa y Darcy no tenía ganas de sumarse al descontrol que generalmente acompañan a tipo de recitales. Tampoco quería estar siempre en el medio de su amigo y su novia y aunque Carlos estaba parando en su casa, Darcy quería dejarles la zona libre. Elisa recibía un contingente de turistas ese sábado y calculaba que se desocupaba para las seis de la tarde. Quedaron en que él pasaba a buscarla alrededor de las ocho.

Se despidieron con un beso en la mejilla. Elisa no pensó en la RAyD en toda la noche y Darcy sonrió todo el camino a su casa.

 

 

Los preparativos para la gran noche empezaron al caer la tarde. Darcy se levantó al mediodía (se había acostado alrededor de las 4 de la mañana), almorzó algo ligero y salió a correr por la playa cuando bajó un poco el sol. Julieta trabajaba en el hipódromo hasta las seis, así que Carlos se entretuvo con su amigo hasta que se hizo la hora de ir a buscarla. Una vez solo en la casa, Darcy se pegó una ducha, se afeitó y se preparó para su salida con Elisa.

Aunque pareciera increíble, a pesar de haber corrido casi 10 km, Darcy todavía estaba inquieto. La última vez que estuvo así de ansioso se estaba enfrentando el cronómetro de la Copa de las Naciones. Y tanto nerviosismo tenía razón de ser, ya que, recapitulando el historial que tenían él y Elisa, era lógico que sintiera un poco de aprehensión. Las cosas siempre tendían a salir mal entre ellos y por algún motivo u otro, terminaban separados o peleados.

Mientras se abotonaba la camisa, recordó las palabras de su prima Ana. Mostrarse tal cual era, conquistarla, sacarse la careta de amargo. Sin duda era un buen consejo, aunque todavía no sabía cómo iba a hacer para lograrlo. Ana tenía razón, Elisa era muy joven, con mucho menos mundo que él y era su responsabilidad hacerla sentir a gusto. No tenía que presionarla. La noche anterior la habían pasado bien –salvo por la parte en que surgió el tema de Jerónimo—y si quería que las cosas progresaran, iba a tener que tener paciencia y avanzar con cuidado.

 —Mujeres. — Darcy suspiró. —Deberían venir con manual de instrucciones.

 

 

En La Arboleda, Elisa estaba igual de nerviosa. A pesar de haberse acostado casi a las 4 de la mañana, se levantó temprano para recibir a los turistas que vinieron para una cabalgata. Comieron un asado y se fueron a media tarde, lo que le dio tiempo a recostarse un rato y descansar para la salida de la noche. Aunque durmió un poco, la preocupación no la permitió relajarse del todo. 

Se estaba preparando para salir con Guillermo Darcy. El ganador de la copa de las Naciones, dueño de la famosa estancia La Peregrina, súper buen mozo, millonario Guillermo Darcy. El jinete mas hot de Sudamérica.  Y ella era simplemente Elisa Benítez. Las diferencias abismales que existían entre ellos nunca fueron tan … abismales. Darcy era un hombre hecho y derecho, de casi treinta años, con fortuna y mundo, medía 1,90 de estatura y ella no era más que una chica de pueblo de veintidós años recién cumplidos y cuya experiencia con el sexo opuesto se limitaba besos apasionados con algún noviecito de la secundaria. Nunca en su vida Elisa se sintió tan joven, más pueblerina y tan petisa.

Pero esta no era su única preocupación. También estaba la rubia alta y despampanante. Si esta invitación a salir significaba algo –Elisa suponía que él todavía tenía interés romántico en ella—el tema Ana Vallejos y su relación con él iba a tener que aclararse. Porque por más enamorada que estuviera de Guillermo Darcy, Elisa Benítez no estaba dispuesta a ser una de sus ‘libertades’.

Darcy pasó a buscarla a las ocho y cuarto. Tomás y Adela no estaban en casa pero Catalina sí estaba y se encargó de tomarle el pelo a Elisa acerca de su salida –la segunda noche consecutiva—con Guillermo Darcy. Eso sólo ayudó a ponerla más nerviosa y para cuando él llegó, Elisa no veía la hora de irse de La Arboleda.

En cuanto la vio, Darcy sonrió y le dijo que estaba muy linda. Elisa agradeció con mariposas revoloteándole en el estómago. Se había esmerado mucho y estaba contenta de que él lo hubiera notado. Vestía un pantalón de raso negro muy ajustado, una musculosa color manteca y un saquito color acero. Se puso sus sandalias más altas ya que él le llevaba una cabeza y no quería parecer una enana al lado suyo. Darcy también estaba muy buen mozo, con un pantalón claro y una camisa celeste. Realmente, cuando Carla lo había catalogado como hot, se había quedado corta.

Salieron para la ruta. Estaban un poco tensos así que no hablaron demasiado.

—¿Qué tenés ganas de cenar? — Darcy preguntó mientras manejaba.

Elisa se encogió de hombros. —No sé, elegí vos.

Él pensó un momento. —Hay un restaurante nuevo en Cariló. Me dijeron que se come bien, ¿tenés ganas de ir ahí?

—Dale, vamos. — ella sonrió.

—Es más tranquilo allá. Con este tema de las vacaciones, es un caos.

—Si, la gente se enloquece. Encima es sábado, sale todo el mundo.

Darcy pensó que decir y no se le ocurrió nada. Suspiró. Esto no iba a ser fácil.

—¿Hasta cuándo te quedás en la costa? — Elisa le preguntó.

—Calculo que hasta el martes. No hice planes concretos. Tengo este emprendimiento acá cerca que quiero ver y además estoy de vacaciones, así que no tengo presiones para volver todavía.— En realidad, la duración de su estadía dependía de la salida de esta noche. Si las cosas no resultaban bien, se volvía enseguida.

—Pensé que ya estabas entrenando.

—Ya empecé, pero a un ritmo más lento. Hace demasiado calor para los caballos. Pero ya en febrero arranco fuerte.

Elisa preguntó por Justina y Darcy le dijo que se había ido a Punta del Este con unas amigas. Para cuando llegaron al restaurante, ya estaban un poco más relajados.

La cena fue muy agradable. Pudieron charlar sin tensiones y se rieron mucho. Darcy podía ser divertido cuando quería y Elisa estaba llena de energía. Se pusieron de acuerdo en qué pedía cada uno, así podían probar lo del otro. Elisa era loca por las pastas y él prefirió carnes rojas. Darcy le convidó un trozo de su jugoso ojo de bife –le dio de comer en la boca—y Elisa compartió sus sorrentinos rellenos de ricota y nuez. 

Después de cenar, Darcy sugirió ir a caminar por la costanera. A Elisa le encantó la idea, a pesar de su creciente nerviosismo. Los movimientos de él se hacían cada vez más obvios. En dos oportunidades le tomó la mano sobre la mesa, una vez le tocó la mejilla luego de un comentario gracioso y le apoyó la mano en la espalda durante todo el trayecto del restaurante hasta la calle. En cualquier momento venía el beso, Elisa lo intuía.

Caminaron por la vereda del lado del mar. Soplaba una fuerte brisa marina y se sentía el ruido de las olas. La noche estaba despejada, con una luna llena grande y limpia. El momento no podía ser más perfecto, ideal para el romance. Se pararon a ver el mar y Elisa se cruzó de brazos sobre el pecho, un poco por frío, pero más como mecanismo de defensa. Por momentos, él se le acercaba y la tocaba en la espalda y podía sentir la electricidad fluyendo entre ellos. Darcy la hizo girar hacia él. 

—¿Estás bien? ¿Tenés frío? — le preguntó mientras le frotaba los brazos afectuosamente.

—Estoy bien. — lo contempló con ojos grandes.

Se miraron fijo en silencio, con esa mirada hipnótica que dos personas sostienen antes de besarse por primera vez, cuando se contrae el estómago de anticipación y todo desaparece a su alrededor, y sólo existen ellos dos y una fuerza invisible que los atrae como imanes. Darcy dio un paso adelante, levantó una mano y la apoyó en el cuello de Elisa, los dedos acariciando su nuca, la otra bajó a su cintura y se deslizó suavemente hacia su espalda. Elisa le sostuvo la mirada, con el corazón latiéndole fuerte, los labios entreabiertos, conteniendo la respiración. Él bajó la vista a su boca y la miró a los ojos nuevamente, como pidiendo permiso. Ella no dio señales de no querer, todo lo contrario, lo estaba esperando con la cara levantada hacia él, lista para recibirlo. Lo vio venir y cerró los ojos.

Fue en ese momento cuando todo se fue a pique. Antes de que los labios de él tocaran los suyos, se le apareció la cara de Ana Vallejos y Elisa puso un freno al acercamiento apoyando la mano en el pecho de Darcy y dando un paso atrás.

Sorprendido y por demás incómodo, Darcy retrocedió y se pasó la mano por el pelo.

—Perdoname, Guillermo. — Elisa se disculpó. — Pero no puedo hacer esto.

—Te entiendo, disculpame vos. Pensé que … no importa. ¿Querés que te lleve a tu casa?

La verdad es que no quería. Elisa quería que la besara hasta dejarla sin aire, como esa tarde en Córdoba. Quería sentir el calor del cuerpo de él contra el suyo, perderse en su boca, embriagarse en su colonia. Quería abrazarlo y comérselo a besos. Pero no podía.

Elisa sacudió la cabeza. —No, no quiero. Lo que quiero … no sé lo que quiero. Bueno, sí sé, pero no puedo tenerlo.

Obviamente, Darcy no la entendió y se la quedó mirando.

Suspiró. Iba a tener que ser más directa. ¿Por qué era siempre todo tan difícil entre ellos?

—Hoy la pasé bárbaro, fue una de las noches más lindas de mi vida. Todo salió perfecto y eso me da mucha bronca porque me encantaría que siguiéramos viéndonos, pero vos tenés novia y yo no quiero ser la …

—¿Qué? — él la interrumpió, atónito.

—Tu novia vino a verme.

La expresión en la cara de Darcy era indescriptible. Al principio no sabía de qué estaba hablando Elisa, pero enseguida ató cabos y dedujo que Ana había tenido algo que ver en tamaña confusión.

—Yo no tengo novia. — le aclaró en seguida.

—Pero …— Elisa se lo quedó mirando. Parpadeó. —Ana Vallejos me dijo que …

—¿Ana te dijo que estábamos de novios? — Si fue así, iba a estrangular a su prima. Con sus propias manos.

Elisa no sabía que decir. Había tal incredulidad en su voz que empezó a dudar de su propia información. O Darcy era un excelente actor, o estaba realmente sorprendido. En segundos, recapituló todo lo que le dijo Ana Vallejos y se dio cuenta de que había metido la pata hasta el caracú. Ana nunca había dicho que estuvieran de novios. Habló de una relación muy especial, mostró su anillo de compromiso, le pidió que se alejara de Darcy, pero jamás dijo que ella era su novia. Nuevamente lo había prejuzgado y sacado conclusiones basada en supuestos y medias verdades. Hizo La Gran Jerónimo otra vez. Sintió que se le bajaba la sangre de la cabeza.

Darcy todavía esperaba una aclaración. Como Elisa no decía nada, tuvo que hablar él. En su tono había algo de angustia y mucha frustración.

—Elisa, te juro, no tengo novia. No sé de donde sacaste eso, pero no es verdad. Yo sé que hice todo mal desde el principio, pero desde que te escribí esa carta que estoy intentando cambiar, demostrarte que …— sacudió la cabeza, tratando de encontrar las palabras correctas. Suspiró profundo y al final lo dijo. — Todavía sigo enamorado de vos. Pero si vos no querés saber nada conmigo, decimelo y te prometo que nunca más vuelvo a molestarte.

Se miraron frente a frente, él con ojos suplicantes, ella con asombro. La respuesta de Elisa vino de repente y de forma tan inesperada que sorprendió a ambos. Sin decir palabra, dio un paso adelante, lo tomó de la cara con ambas manos y lo besó en la boca. Darcy tardó un par de segundos en reaccionar pero cuando lo hizo, lo hizo con todo. La envolvió con sus brazos y la trajo contra su cuerpo, besándola con hambre y pasión hasta que los dos saciaron su sed del otro. El beso se hizo más suave, más tibio y sensual y al final se soltaron, los dos felices de haber sobrepasado este último obstáculo.

Él le acarició la mejilla cariñosamente. —Supongo que esto quiere decir que me creíste.

Elisa se mordió el labio. —¿Me perdonás? No sé porque pensé eso. En realidad Ana… no me dijo nada de eso, yo entendí mal y me hice toda la película.

La trajo contra su pecho y la abrazó con ternura. —Por lo menos ya está aclarado.

Se acomodó en sus brazos. Era tan calentito. — ¿Quién es Ana Vallejos?

Darcy se apartó un poquito para mirarla a la cara, pero mantuvo los brazos a su alrededor. —Es mi prima Ana, la hija de mi tía Carmen. Se llama Ana Achával de Vallejos. Te juro que yo no tenía idea de que iba a venir a verte, me enteré cuando vino a verme anteayer a la tarde y …

—¿Es tu prima? — Los ojos de Elisa se abrieron como el dos de oro. No podía creer que, durante meses, se estuvo torturando con la rubia alta y despampanante, imaginándose los peores escenarios y sufriendo por una historia que ella misma había inventado y todo este tiempo era la prima de Darcy.

Él levantó una ceja, preocupado por la expresión que tenía Elisa en la cara. —¿Qué pasa? ¿Qué te dijo?

—Nada, — Elisa apoyó la cabeza en su pecho otra vez. —Nada. Un montón de pavadas.

—Bueno, —Se rió. — De algo sirvió, ¿no? Acá estamos, por fin.

—Sí, al fin. — ella levantó la cara hacia él y Darcy le dio un beso.

Caminaron por la costanera, abrazados y sonrientes, sin decir nada por un rato, disfrutando del calor del otro. Darcy puso su brazo alrededor de los hombros de Elisa, ella el suyo en su cintura. Había otras parejas recorriendo también el espigón, grupos de chicos en la playa cantando alrededor de fogones y a veces se sentían las risotadas de los jóvenes celebrando el verano. Era sin duda una noche mágica.

Al rato se pegaron la vuelta. Elisa estaba agradecida ya que las sandalias altas le estaban haciendo doler los pies. Iba a tener que acostumbrarse a usar tacos altos. Darcy era tan alto, además le gustaba verse bien para él. Se rió al pensar cómo todo había cambiado en solo media hora.

—¿Qué? — él la miró al sentir que se reía.

—Nada. — ella se encogió de hombros. —Pensaba, nomás, en qué rápido que cambiaron las cosas.

Darcy se rió entre dientes. —¿Ya era hora, no? Después de tantas idas y venidas, por fin llegamos a entendernos.

Elisa se mordió el labio. —Y pensar que hasta ayer pensé que nunca te volvería a ver.

—¿Y por qué pensaste eso?

Se encogió de hombros. —Qué sé yo, ese día que viniste estabas tan callado y no me mirabas. Creí que no querías tener nada que ver conmigo.

—Si me vine fue para verte.

—¿En serio? — Elisa sentía que se derretía de amor.

—Bueno, para ser sincero, también le estaba haciendo la pata a Carlos. Ya era hora de reunirlo con tu hermana, a ver que pasaba. Sabía que él tenía ganas de ver a Julieta y supuse que no se animaba. Así que le di un empujoncito. Pero la principal razón para venir a la costa era para ver como estabas.

—Lástima que no fuiste más comunicativo. Parecías enojado y no supe que hacer. Pudimos haber solucionado esto antes.

Darcy la miró de reojo. —¿Así que yo fui poco comunicativo? Si mal no recuerdo, no abriste la boca en todo el día. Ni me mirabas. De haber sabido que tenías algún tipo de interés en mí, hubiera hecho algo.

—¿Y qué te hizo cambiar de idea?

—La visita de Ana. Después de que se juntó con vos, viajó directo a Buenos Aires a hablar conmigo. Me contó que hablaron y me convenció para que viniera a verte. Me dio a entender que yo te gustaba y que aceptarías salir conmigo si te lo proponía.

Elisa se puso colorada al recordar la conversación. —¿Qué mas te dijo?

—No mucho. Me dio unos consejitos y me ayudó a ver las cosas de otra manera. Carmen vino con ella así que me tuve que bancar ¹ a las dos tratando de arreglar mi vida. Ayer la quería matar, pero ahora le estoy agradecido. Creo que no estaría acá ahora de no ser por ella.

—¿Qué, no hubieras venido? — preguntó con algo de aflicción en la voz.

—Probablemente sí, pero no tan rápido. La verdad es que no sé que hubiera pasado.

Llegaron a la camioneta y Darcy le abrió la puerta para que subiera. Elisa agradeció su galantería con una sonrisa coqueta. Hicieron casi todo el viaje hasta la Arboleda en silencio, intercambiando miradas y sonrisas ocasionales, como dos enamorados que recién se conocen.

Ya en la chacra, él apagó el motor de la camioneta para despedirse.

—Carlos dijo de almorzar todos juntos mañana. ¿Te parece bien? Después podríamos ir un rato a la playa.

—Me encantaría. — Ella le sonrió.

—¿Te paso a buscar cerca del mediodía? Me parece que esta noche Julieta se quedaba en casa con Carlos.

—Dale, pasá. — Llegaba la hora de despedirse y a Elisa ya le saltaba el corazoncito en el pecho. Pensaba en cómo sería este beso, si iba a ser intenso como el primero o si sólo iba a ser un casto besito de despedida.

—Te mando un texto cuando estoy saliendo. — Darcy le acarició la mejilla.

—Bueno.

—Entones, — se acercó un poco, — será hasta mañana.

Elisa también se le acercó un poquito. Notando una cierta timidez en ella, Darcy fue bastante prudente. Sus labios rozaron los de ella con suavidad para luego inclinar la cabeza hacia el otro lado y besarla con un poco más de pasión, pero siempre midiendo de no excederse. Hubiera querido saborearla entera, recorrer sus curvas, despertar el ardor de su cuerpo, pero sabía que todavía no era el momento. Aún cuando Elisa abrió su boca en el beso, se cuidó de no invadirla, logrando que amor y ternura predominaran por sobre el deseo.

Cuando se separaron finalmente, los dos sonreían como tontos enamorados.

 

 

¹ Bancar = aguantar

 

 


Capítulo 30
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