Capítulo 2

 

Los cuatro jinetes que en ese momento ocupaban La Reconquista, a pesar de provenir de distintos ámbitos ecuestres, tenían algo en común: todos se habían hartado de las políticas y corrupción de los grandes clubes para los cuales competían y unieron fuerzas para formar un equipo propio con miras a competir en importantes torneos internacionales como La Copa de las Naciones, el Campeonato Mundial de Salto y los Juegos Panamericanos.

La idea de independizarse surgió en una noche en que los cuatro cenaron juntos después de un gran torneo en el Highlands, el country club en donde vivían los Hurtado. Allí se toparon con muchos problemas de organización y aunque los cuatro obtuvieron buenos resultados, le dijeron basta a los clubes y formaron su propio equipo. Así fue como Guillermo Darcy, Charlie Barrechea, Luisa Barrechea de Hurtado y su marido Teodoro conformaron el Equipo ecuestre del Norte.

Los Hurtado ya estaban casados desde hace más de 10 años y el desgaste de ese matrimonio se notaba a una legua de distancia. Teo era bastante aficionado al vino (y whiskey, y ni hablar del Fernet con Coca-cola) y Luisa hacía obvio su desagrado cuando su marido se pasaba de copas. Seguían juntos vaya a saber por qué, aunque las malas lenguas decían que era porque ambos compartían su gran pasión por los caballos y que, económicamente, a ninguno de los dos les convenía demasiado separarse.

Sin lugar a duda los más talentosos del grupo eran Carlos y Darcy (a veces le decían Billy, pero a él no le gustaba mucho). Ambos eran considerados los mejores jinetes de su generación. Estaban rankeados internacionalmente, entre los 15 primeros de Latinoamérica y ambos tenían aspiraciones de entrar al top 30 del ranking mundial. Esa era la principal razón por la cual se vinieron hasta tan lejos, dejando atrás obligaciones y familia, para concentrarse y entrenar y prepararse para una serie de torneos internacionales que asegurarían su entrada a los primeros puestos del ranking mundial y los clasificarían para eventos tan importantes como los Juegos Panamericanos y los Olímpicos. Tenían el dinero, el talento y los caballos, sólo tenían que adquirir la práctica internacional.

Obviamente, esto era imposible de lograr sin un buen coach que los preparara. Para eso contrataron a unos mejores maestros de equitación, el Coronel Edmund Forster, retirado del ejército Británico, que alguna vez fuera jinete olímpico y entrenador de grandes campeones de salto. El viejo coronel estaba radicado en el país desde ya hacía varios años (con una pensión en Libras, ¿a quién no le conviene vivir en Sudamérica?) y normalmente viajaba alrededor del mundo armando recorridos –era también considerado uno de los mejores armadores del mundo—y dando conferencias. Cuando su amigo Darcy lo invitó para este ‘campamento’, el viejo aceptó enseguida.

 

 

La primera semana en la Reconquista fue realmente agotadora.  Sobre todo lo fue para Elisa, quien arrancaba a la siete de la mañana en casa ayudando a su mamá con los quehaceres, de ahí corría para La Reconquista para asistir al exigente equipo de jinetes y montados. Luego, tipo 5, se volvía para la granja para echarle una mano a su papá con los caballos. Ese sábado, día de turistas, ofició de guía de un grupo de alemanes que les mandó la agencia. Por suerte fue un Tour de medio día, y aunque Elisa no hablaba ni inglés ni alemán, se defendió bastante con el guía que oficiaba de intérprete. Los teutones partieron rumbo a Mar del Plata después del asado y Elisa pudo dormirse una buena siesta antes de prepararse para la gran salida del fin de semana. Esa noche en Fortaleza, como era habitual el segundo sábado de cada mes, cervezas 2 x 1 de 2 a 4 de la mañana.

En La Reconquista, los nuevos inquilinos estaban discutiendo las alternativas para esa noche. Los Hurtado no tenían ganas de salir. Teo ya tenía un par de copas encima y Luisa estaba con migraña, por lo que el debate quedó entre Carlos, Darcy y Carolina. Darcy prefería cenar afuera, en un lugar tranquilo y limpio de preferencia, mientras Carlos sugería un restaurante que le habían comentado era muy bueno. Ya tenía planes para más tarde –que no compartió con sus compañeros--, porque Julieta le había dicho de un lugar muy lindo para bailar y tomar algo llamado Fortaleza. Carolina dejó claro que si Darcy iba, ella también. Jamás se perdería la oportunidad de colgarse del brazo del el jinete más hot de Sudamérica.

—Dale, ché, — Carlos arengó a Darcy mientras le servían la comida en el único restaurante medianamente decente del pueblo, —no está tan mal.

—No, la verdad que podría estar peor. Podría ser como el lugar a donde fuimos cuando recién llegamos, el que tenía esas lámparas fluorescentes que también matan bichos. — Le contestó su amigo.

—No tenía idea de que todavía existían esas cosas. Pero este lugar está lindo, me lo recomendaron mucho. Mirá, — Carlos apuntó a la mesa. —Tienen manteles, están limpios y las sillas son de fórmica, no de plástico. Un lujo. — Probó un bocado de su milanesa y agregó. —Y esto está buenísimo. Ni mi vieja las hace tan ricas. Darcy esbozó una sonrisa mientras cortaba su churrasco. —Tu mamá jamás cocinó en su vida.

—Bueno, Amalia. — Carlos se rió, recordando la empleada doméstica que era como su segunda madre.

Carolina tenía que concordar con Darcy. —Guillermo tiene razón. Este lugar es un desastre. Nos hubiéramos ido directamente a Mar del Plata. O a Pinamar. Ahí seguro que íbamos a encontrar un buen lugar para comer.

Aunque sólo por contradecir a Carolina, Darcy añadió, —Pensándolo bien, creo que tenés razón, Carlos, la carne está muy buena. Y las papas fritas son de lo mejorcito que he comido. Podríamos venir más seguido. No me atrae la idea de manejar una hora hasta Mar del Plata para comer un bife.

— ¿Viste?— dijo Carlos divertido, —Yo sabía que te iba a gustar. Pero todavía falta lo mejor.

Darcy levantó la vista hacia su amigo. Por el brillo que tenía Carlos en los ojitos, intuyó enseguida a qué se refería. Polleras, seguramente, y más específicamente, la veterinaria de la cual su amigo hablaba todo el día. —No me digas que…

Carlos puso su mejor cara de inocente y volvió a atacar su milanesa. —Quedamos de encontrarnos después de cenar, en Fortaleza.

Su amigo le clavó una mirada de esas que fulminan insectos, como las lámparas fluorescentes del restaurante del otro día. — ¿Por qué me suena a boliche ¹ de mala muerte? Casi me imagino el cartel de la entrada: damas gratis, caballeros cinco pesos.

—Sos imposible, —Carolina le dijo a su hermano. —Mirá que te encanta ir a esos lugares de porquería. Yo no voy ni loca.

— ¿Te pido un taxi para que te lleve de vuelta al campo? —le retrucó Carlos. —Creo que en el pueblo hay dos. Tal vez tengas que esperar un poco.

—Te odio. —Le dijo Caro.

—¡Eh, ché, qué mala onda! Les va a encantar, van a ver.

Acercada la medianoche el trío arrancó para la ‘disco’ del pueblo, Carlos al volante, Darcy suspirando resignado, Carolina medio horrorizada con el entorno. Llegaron temprano y encontraron una mesita libre. Como había que consumir para estar sentado, se pidieron unas cervezas. Fortaleza se fue llenando de a poco con la juventud del lugar y algunos de pueblos cercanos que preferían el ambiente ‘menos grasa’ de Villa Esperanza. Carlos tenía la vista clavada en la entrada, esperando la aparición de las chicas y Darcy, inquieto, miraba a su alrededor con ceño fruncido.

Lo cierto es que el lugar no estaba tan mal, ahora que prestaba más atención. Siendo también de pueblo chico de campo –pero educado en la gran ciudad y en el extranjero--, Darcy, estaba acostumbrado a este tipo de ambientes. Nunca se sintió muy atraído por la vida nocturna pero conocía la idiosincrasia pueblerina lo suficiente como para saber que en estos pueblitos no había mucho más que hacer que salir a dar la vuelta al perro ² o ir bailar los sábados a la noche. Para boliche de pueblo, éste estaba bastante pasable.

No tuvieron que esperar mucho antes de que las chicas Benítez hicieran su entrada triunfal.  Primero entró Julieta, rubia y preciosa, como siempre. Le siguió Cata, bastante provocativa con pantalones blancos y remera escotada y luego Elisa, muy linda en una camisa blanca y unos jeans ajustados que le hacían una cola perfecta.  Carlos se paró y les hizo señas de que se acercaran. Las dos mayores lo hicieron enseguida, mientras que Catalina se desvió hacia la barra en donde se encontraban unos amigos.

—Qué lindo que pudieron venir, — dijo Carlos mientras las chicas se acomodaban. — ¿Quieren tomar algo?

—Sí, gracias. — Respondieron al mismo tiempo.

La mesa era chiquita y la música estaba bastante fuerte, así que había que gritar al oído para hacerse escuchar. Obviamente, Carlos se limitó a conversar con Julieta, dejando a los otros tres para que se las arreglen solos. Darcy golpeteaba los dedos en la mesa, Carolina inspeccionaba la fauna con cara de ‘y yo que hago acá’ y Elisa sólo pensaba en como despegarse del grupo sin parecer grosera.

Al cabo de un rato, harta de la compañía y con ganas de tomar algo –el mozo nunca vino--, Elisa se levantó y dijo. —Voy a buscar algo para tomar. ¿Alguien quiere algo?

Julieta pidió una Coca, Darcy apuntó a su cerveza a medio tomar y Carolina aceptó una Sprite Zero. Elisa partió hacia la barra con los ojos de Darcy enfocados en su trasero. 

La joven volvió bastante rápido tras de hacer su pedido a un camarero. Se sentó nuevamente al lado de Darcy, quien se acomodó un poco para darle espacio. Siendo un tipo tan alto, con piernas y brazos largos, era bastante difícil que no se tocaran por debajo de la mesa. El pobre lo intentaba, pero no había caso. Las piernas de la inquieta Elisa rozaban constantemente con las suyas y no había forma de que su codo no la tocara en el brazo de ella cada vez que levantaba su vaso de cerveza. Darcy nunca fue muy conversador, pero todo este roce lo estaba poniendo medio tenso y su habitual parquedad ya se había transformado en mutismo.

Carlos sacó a Julieta a bailar y Darcy se encontró con un dilema. Lo correcto sería pedirle a Carolina, pero la idea de bailar con la hermana de su amigo no le era muy atractiva. Apenas la toleraba y, sinceramente, no tenía ningunas ganas de darle el pie para que pensara que le gustaba. Después estaba Elisa, a quien Darcy sí encontraba más que atractiva pero con quien tenía una relación laboral de empleado-asistente ecuestre –por no decir petisera. La pobre chica no tenía más de 20 años y no estaba bien hacerle creer que un hombre como él podría interesarse en una chica como ella.

Pero, para su desgracia, Carolina lo puso en un brete aún mayor cuando lo tomó del brazo y dijo …

— Muero de ganas de bailar. Te animás, Guillermo?

—Si nos levantamos, nos van a sacar la mesa. — Respondió él.

—Seguro que Elisa no va a tener problema en cuidarla.

— ¿Qué?— Elisa se sobresaltó al escuchar su nombre. Ni loca se quedaba calentándoles la silla. —Me encantaría pero… ahí llegó una amiga. Vuelvo en un minuto. — Y disparó para donde estaba Carla con unos amigos.

De ahí en más, Elisa bailó prácticamente toda la noche, volviendo a la mesa ocasionalmente para descansar o tomarse una cerveza. En uno de esos momentos, Carlos expresó su agrado por el lugar.

—La verdad que este boliche está buenísimo, no Billy? Tendríamos que venir más seguido.

Elisa levantó una ceja. Siempre lo llamaban Guillermo.

—El viejo nos mataría. — Contestó Darcy.

—Además, sólo abre viernes y sábados, — dijo Julieta.

—Ché, ¿estará bien Carolina?— Carlos recién notó que su hermana no estaba. —Se fue hace un rato.

—Ir al baño acá es un trámite. Hay sólo dos y a veces hay que hacer media hora de cola.— Dijo Elisa para luego darle un sorbo a su cerveza. —Uh, que asco, está tibia.

— ¿Querés de la mía?— le ofreció Darcy.

—No gracias. — Ella le sonrió falsamente.

—Te busco una fría. — El insistió.

—Gracias, yo me arreglo. — Le dijo ella, usando una frase de él que francamente detestaba.

Antes que él pudiera decir algo, Elisa se fue para la barra. Como ya era casi un hábito, los ojos de Darcy recorrieron su figura de arriba a bajo, fijándose luego en el  culo perfectamente formado de su asistente. No se podía negar que la chica, aunque algo bajita par su gusto, era muy linda. Y súper simpática. Desde que llegaron había notado lo bien que le calzaban los pantalones –aunque casi siempre estaba enfundada en bombachas de campo—y lo bien que venía de delanteras. Pero más allá de sus obvios atributos físicos, lo que más le llamaba la atención de Elisa era su ingenio y buen humor. Parecía que siempre tenía algo de que reírse o algún comentario gracioso que hacer. Tenía una excelente mano con los caballos y siempre estaba bien dispuesta. Era atenta y educada, con una sonrisa preciosa y esas pequitas en la nariz que le llamaron la atención desde el principio. También le gustaban mucho sus ojos almendrados que brillaban constantemente, con pestañas largas y oscuras como jamás había visto. Pocas veces una mujer lo impactaba de esta forma, pero esta chica Elisa, era muy interesante.

— ¿Qué estás pensando?— Preguntó Carolina luego de su excursión al baño.

— ¿Mmm?— Darcy no desvió los ojos que desde hace rato estaban admirando la figura de Elisa.

— ¿Qué mirás que estás tan distraído?

Inmediatamente, Darcy bajó la mirada hacia su cerveza. —Nada. Viendo el lugar, la gente.

—Te entiendo. — Suspiró ella. —Te gustaría estar en Buenos Aires, o en Londres, disfrutando de una buena cena en mejor compañía.

—La verdad que no. El lugar no está mal, y la compañía es bastante entretenida. — Darcy dirigió sus ojos nuevamente hacia Elisa, quien estaba a las carcajadas con unas amigas.

Carolina vio a quien estaba mirando y se le cayó la sonrisa. Con semejante par de tetas, como para que no se las miren. —No me imaginé que te gustaban así, fortachonas.

—No seas ridícula. Elisa no es fortachona.

Justo lo que necesitaba, pensó Carolina, Darcy caliente con una piba del pueblo. Sin más que decir, agarró la cerveza a medio tomar que dejó su hermano y se la bajó de un trago.

 

 

Aunque ya estaba pronto a amanecer, Darcy todavía no podía conciliar el sueño. Raro en él, porque después de tantas cervezas era de esperar que cayera redondo en la cama. Pero no, cada vez que cerraba los ojos se le venía a la cabeza la imagen de Elisa con esos pantalones ajustados y su sonrisa encantadora. No era la primera vez que esto le pasaba desde su llegada al pueblo –el no poder dormir--, pero hasta ahora no se había dado cuenta del porqué de su insomnio. Primero pensó que era por estar lejos de casa, luego que eran nervios por el torneo para el cual se estaba preparando, pero esta noche, al fin, logró darse cuenta de lo que le pasaba.

Le gustaba la chica, ¿y qué? Él era un hombre adulto y ella una mujer. Una mujer muy atractiva y sexy. Era perfectamente lógico y natural aunque hacía tanto que esto no le pasaba que tardó bastante en darse cuenta. ¿Cuándo fue la última vez que le gustó una chica? Ya ni se acordaba, pero probablemente fue hace un par de años. Por algún motivo, nunca encontraba a alguien de quien enamorarse y sus relaciones eran generalmente superficiales y bastante pasajeras.

A la edad de veintinueve años, Guillermo Darcy era el prototipo de  hombre reservado y disciplinado que vivía su vida sin mayores altibajos ni grandes emociones. Un aburrido, como diría su amigo Carlos. Darcy era talentoso, buen mozo, de buena familia y cuantiosa fortuna. Un perfeccionista, muy orgulloso de su origen y logros. Siempre apuntaba a lo mejor, era terriblemente exigente consigo mismo y esperaba la misma excelencia de los demás. Esto siempre le causó problemas para relacionarse, ya que no todos se imponen standards tan altos –a veces inalcanzables-- para sí mismos ni están dispuestos a hacer tantos sacrificios o poner tanta dedicación y esfuerzo para lograr algo. Porque la perfección –o al menos como Darcy la entendía-- no existe y el mundo no puede cambiarse. Luego de varios desencantos y desilusiones, Darcy eligió el aislamiento, limitando su vida a su familia, unos pocos amigos, su trabajo y sus caballos. Eso era todo lo que tenía y se sentía completamente satisfecho con ello. Hasta ahora.

Esta noche había pasado algo que no le ocurría desde hacía mucho tiempo. Lo había pasado realmente bien. Aunque no bailó ni fue abiertamente demostrativo como Carlos –eso no  cambiaría nunca, simplemente no era parte de su naturaleza— a su manera, se divirtió mucho. Sacando a Carolina, todo estuvo agradable, la cena, después en la disco, Elisa… Verla hizo que valiera la pena aguantarse a la hermana de Carlos toda la noche. Talvez le hubiera gustado bailar un tema o dos, charlar con ella un poco más, pero, de cierta forma, estaba contento de no haberlo hecho. Esa chica no era para él. No era más que una chiquilina de pueblo de familia humilde y poco futuro y no estaría bien hacerla sentir más de lo que era o darle un lugar que no le correspondiera. Además, con un campeonato importante por delante, no quería distraerse de sus objetivos. Y, por lo que le estaba pasando esta noche –jamás había perdido el sueño por una mujer--, si no tenía cuidado, Elisa podría convertirse en una distracción mayor. Porque sin duda era preciosa y simpática y con un cuerpo que volvía loco al más cuerdo.

Darcy rodó en su cama y se acostó sobre su estómago mientras su cuerpo se ponía tenso por pensamientos non sanctos de su ayudante y sus curvas. Sí que era preciosa, y sexy y amaba a los caballos y seguramente montaba muy bien y …

—Es tu petisera, hombre,— se dijo a sí mismo. —Sacátela de la cabeza que a vos no te va a montar.

Como si fuera tan fácil.

 

¹  disco, bar

² dar vuelta al perro – vieja costumbre de pueblo del interior, los sábados o domingos por la tarde los jóvenes daban vueltas alrededor de la plaza principal del pueblo. Los varones iban en un sentido, las chicas en el contrario y se intercambiaban miradas lánguidas y, de vez en cuando, formaban pareja.

 

 


Capítulo 3

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