Capítulo 17

 

Las semanas pasaron y Elisa seguía abocada a sacar la granja adelante y encaminar su vida. Entrenaba a Brisa todos los días, vareaba a los pensionistas y organizaba las cabalgatas, que ahora venían con más frecuencia. Hasta arregló con unos vecinos cercanos para que les dejaran usar un antiguo palomar que tenían dentro de la propiedad para hacer los asados campestres. A los gringos les encantaba eso. Se puso a estudiar un poco de historia de la región y les contaba cuentos de malones y lo sacrificado que había sido la colonización de esa zona. No hablaba bien el inglés ni ellos el castellano, pero con ayuda de la guía y algunas señas, se entendían. Las propinas, generalmente en dólares o euros, se hicieron mucho más altas.

Pero toda esa actividad no hizo que desaparecieran los problemas de la casa. Siempre estuvieron ahí, aunque Elisa se haya negado a verlos por años. Despacito y paso a paso, su familia se estaba desmoronando. Adela estaba más ciclotímica y obsesiva que nunca.  A veces Elisa sentía fastidio, otras veces le daba pena. Era obvio que su mamá sufría el desdén de su marido y se sentía sola y fracasada pero Elisa no tenía tiempo (ni ganas) de ocuparse del tema. Cata era como una vegetal improductivo y María estaba en su mundo por lo que Adela se la pasaba quejándose y  torturando a sus hijas por no ser lo que ella había soñado.

También desaparecían cosas. No tenían mucho, pero algunas cosas de valor tenían y éstas iban desapareciendo una a una, como el recado antiguo que tenían en el galpón y que un día no estuvo más. El primero que fue puesto en la mira por este tema fue Federico, pero Tomás lo desestimó pronto. Eso hizo sospechar a Elisa, que enseguida sumó dos más dos y llegó a un alarmante resultado: Cosas faltando + un papá ausente y malhumorado =  apuestas.

Su único escape eran las visitas al campo de sus tíos cada vez que podía.  Pasar un tiempo en Córdoba le enseñó que a veces venía bien tomarse un respiro de la casa y la familia, sobretodo cuando las cosas se ponían densas en La Arboleda. Cuando no venían turistas, Elisa se tomaba el micro a Tandil y visitaba a Marcela y Estaban y se daba el lujo de interactuar, aunque sea por uno o dos días, con gente con sentido común.

Ese fin de semana sus tíos recibían un grupo de Buenos Aires, fanáticos de los deportes extremos. Eran 2 matrimonios y algunos amigos más, obviamente gente de plata, como Elisa pudo apreciar por los vehículos en que se trasladaban. Ni bien llegaron, cargaron los arneses, se calzaron las botas de montañismo y se partieron rumbo a la pared de piedra caliza que había en la propiedad. Algunas de las mujeres del grupo, no tan amantes de escalar como sus conyugues, volvieron al mediodía a almorzar mientras ellos se colgaban de la roca. Comieron liviano –todas se cuidaban mucho—y se sentaron al sol a broncearse un poco. No molestaron para nada y eran muy amables, lo que ayudó a revertir la mala impresión que Carolina y Luisa le habían dejado a Elisa de las mujeres de clase alta. Una de ellas, Romina, no tan adepta al sol como sus amigas, se acercó a Elisa y Marcela a tomar mate con ellas en la galería.

La conversación fue amena. Romina era abogada y hacía muy poco que se había casado. Tanto a ella como a su joven marido le gustaban mucho los deportes y eran locos por el ski. Los dos corrían y ella también hacía Pilates. Elisa estaba agotada sólo de escucharla.

—Me gusta mucho la equitación, — comentó Romina cuando Elisa le contó a qué se dedicaba, — pero no la practico. Me gusta más tener los pies sobre la tierra. ¡O las tablas! — se rió. —Tengo un amigo que es fanático de ese deporte. Es uno de los jinetes más top del momento. Salta por todo el mundo y es bastante reconocido. Tal vez lo oíste nombrar, Guillermo Darcy.

El corazoncito de Elisa se aceleró al escuchar su nombre. —Claro que lo conozco, trabajé con él cuando se preparaba para la gira europea. También me lo crucé este invierno en Córdoba, en la estancia de la tía. Entrené sus caballos por un par de meses.

—¡Ay, que divertido! — Romina parecía encantada. —¿Decime, no es un divino?

Elisa tragó saliva. Su tía, quien estaba al tanto del rechazo que alguna vez sintió por Darcy, la estaba mirando a ver con qué se despachaba. —Es muy agradable.

—No lo veo desde que se fue a vivir a Inglaterra la segunda vez, hace como tres o cuatro años. De más chicos nos veíamos más seguido y nos hicimos bastante amigos. Pasé unos veranos espectaculares en la Peregrina cuando mi tía salía con el padre de él. Billy era algo tímido al principio, pero después de que soltó un poco, nos llevábamos re bien. Si estuviste en Córdoba este invierno seguro conociste a Ricardo Figueroa, su primo.

—Si, también lo conocí.

—Richard es un sweetie total, ¿no te parece? Es novio de mi mejor amiga, Vicky Peña. Me los encontré la vez pasada cenando Las Cañitas y la pasamos bárbaro. Los voy a llamar a ver si nos vemos todos juntos uno de estos días.

Elisa sonrió, algo incómoda. En eso se oyeron los gritos de las amigas de Romina.

—¡Romi! ¡Traenos unos mates que nos estamos deshidratando!

—Ya les cargo un termo y se los alcanzo, — Dijo Marcela.

—Dale, — Romina se levantó y les hizo una seña con la mano, —vénganse así seguimos charlando.

Marcela se fue para la cocina y Elisa la siguió para ayudarla a preparar la bandeja con el mate y las galletitas para las invitadas.

—¡Pero qué chico es el mundo! — exclamo Marcela mientras llenaba el termo de agua caliente. —conoce a Guillermo Darcy.

—Aha. — respondió Elisa, acomodando algunos bizcochitos en una canastita.

—Habló muy bien de él. Parece apreciarlo mucho.

—Psé.

—Tal vez Jerónimo exageró un poquito. Yo no creo que haya sido tan así como me contaste.

—Jerónimo mintió, tía. Fue todo mentira. —Elisa tomó la bandeja y salió para el jardín.

 

 

Elisa se sentía renovada cuando volvió a casa. Pudo charlar con su tía el tema de Darcy y, sin entrar en detalles, limpió la reputación que ella misma se había encargado de ensuciar. También había sacado buenas ideas del establecimiento de sus tíos que creía sería interesante aplicar a La Arboleda. Ambos lugares no se podían comparar en dimensión e instalaciones, pero se dio cuenta de que podía mejorar mucho el servicio que ella prestaba con muy poco esfuerzo.

Pero la paz no duró mucho. Cuando llegó encontró a su mamá y Cata llorando a mares. María estaba encerrada en su cuarto y su papá estaba a los gritos.

—¿Qué pasó? — Elisa le preguntó a Julieta, que estaba pálida como una hoja de papel.

Tomás, hecho una furia, fue quien contestó, —¿Que qué paso? Adiviná que pasó. La atorranta* de tu hermana está embarazada. Eso pasó.

Los ojos de Elisa se abrieron como dos platos. —¿Qué?

Catalina escondió la cara en el pecho de su madre. —Mami, decile que no me grite más.

—Tomás, basta,¿no ves que la chica está nerviosa? ¡Le va a hacer mal!

Elisa miraba estupefacta como su papá se paseaba por la sala como un león enjaulado. —Decime en donde está el pibe ese que lo voy a matar. ¡Decime ya en donde está el mugriento de tu novio que lo voy a moler a patadas!

Catalina rompió en sollozos y Adela la abrazó fuerte para consolarla. —No te preocupes, bebé, ya lo vamos a arreglar.

—¿Qué vas a arreglar? ¡Tu hija acaba de cagarse la vida! ¡Se embarazó del parásito ese y ahora nosotros nos vamos a tener que hacer cargo del pibe! Voy a la casa a buscarlo. Ese pendejo de mierda va a tener que hacerse responsable de esto. Gratis no la va a sacar.

—¡No! — Gritó Cata. —¡No vayas! ¡Rodo no tiene nada que ver, él no es el padre!

—¿Qué? — Dijeron todos al mismo tiempo.

—No es de Rodolfo.

Hubo un silencio sepulcral. Hacía varias semanas que el tal Rodolfo no aparecía por ahí, pero como Cata no comentó nada, todos suponían que el noviazgo seguía firme.

—¿Y entonces, de quién es? — Preguntó Tomás, todavía enojado, pero ya no tan furioso. Se estaba resignando.

—De Federico. — dijo Catalina en una voz chiquitita.

—¿Federico? — Preguntó Elisa. La única que no parecía tan sorprendida era Adela, que aparentemente sospechaba que pasaba algo entre su hija y el jornalero.

—No lo puedo creer, — Tomás se pasó la mano por el pelo. — Encima  que le pago, se acuesta con mi hija.

—¡No es su culpa! — Cata ya no daba más. —Es rebueno y nos queremos, basta de decirme esas cosas!

Tomás tomó aire despacio. —Voy a ver como arreglo esto. Andá para tu cuarto, no te quiero ver hasta mañana.

Adela puso el brazo alrededor de los hombros de Catalina y la acompañó a su habitación, susurrándole despacito que todo iba a salir bien. Tomás salió de la casa, Julieta había desaparecido y Elisa se quedó sola en la sala.

Ahora el comentario de Darcy acerca de su familia no le parecía tan desacertado.

 

* Atorrante: vago, sin domicilio. En mujeres, también significa chica fiestera o fácil.

 

 

Capítulo 18

 

Una semana después de revelarse el embarazo de Catalina, los Benítez recibieron al nuevo miembro de la familia. A Tomás no le causaba mucha gracia que los dos chicos vivieran bajo el mismo techo, pero como el daño ya estaba hecho, de nada servía separarlos. Por lo menos Catalina estaba más contenta y tenía a su ‘noviecito’ cerca para cuidarla.

La que más sufrió el cambio fue Elisa, quien se vio forzada a aceptar a María dentro de su habitación cuando ésta tuvo que ceder su lugar en el cuarto que compartía con Cata al recién llegado Federico. Por poco que les gustara, todos tuvieron que adaptarse a la nueva situación.

A pesar de sus limitaciones, Federico Rosales era un buen chico. Apenas había terminado la primaria, pero decía tener ganas de completar sus estudios. Era fuerte y le gustaba trabajar. Provenía de una familia humilde y, siendo el tercero de 6 hermanos, era uno de los sostenes de la casa. Fue un poco complicado decirle a su madre que ya no aportaría de la misma manera para mantener a sus hermanitos pero al final lo terminó tomando bien, ya que su ida significaba que había una boca menos que alimentar. Los modales de Fede dejaban un poco que desear, pero aprendía rápido. En poco tiempo se dio cuenta de que los cubiertos se toman de cierta forma, que se mastica con la boca cerrada y de que había que levantar la tabla del inodoro al usar el baño. Para Tomás, que toda su vida adulta la había pasado rodeado de mujeres (algunas por demás ruidosas) el tener un hombre en la casa terminó siendo un alivio. Al menos ahora podía mirar los partidos de fútbol y comentarlos con alguien que supiera (y le interesara) de que estaba hablando.

Lentamente, este chico sencillo y rústico se fue ganando su lugar en la casa y en el corazón de la familia Benítez.

 

 

Una preciosa mañana de octubre enmarcó el regreso de Elisa a las pistas de salto. Hacía un par de años que no competía y esta era la primera vez que lo hacía sin la supervisión de su papá o un profesor de equitación. Estaba aterrorizada.

Con la ayuda de Federico, pudo cargar a Brisa en el trailer sin mayores complicaciones. El Hípico de Mar del Plata no quedaba muy lejos, a unos 60 km de su casa, así que arregló con un vecino que tenía camioneta y remolque para que la llevara y la fuera a buscar a cambio de pagarle el combustible. Estaba un poquito preocupada de tener que dejar la chacra en día de turistas, pero su papá y Federico prometieron encargarse de todo. Una vez que estuvo todo listo, salió para la ruta.

El torneo en el que iba a competir era bastante concurrido. No sumaba puntos para el ranking nacional, pero sí tenía relevancia regional y a nivel provincia. Concursaban muchos juveniles y jinetes mayores tratando de ganar experiencia. El público, en su mayoría, estaba conformado por la familia de los participantes. A pesar de lo nerviosa que estaba, Elisa obtuvo buenos resultados. Se clasificó para la una segunda roda y terminó cuarta de 8 competidores. Estaba contenta de haber hecho un buen papel con su propia yegua y varias personas se le acercaron a felicitarla. Todo parecía estar saliendo bien, hasta que se le apareció alguien a quien no tenía ningunas ganas de ver.

—Eli, ¿qué gusto verte!

Elisa se dio vuelta al escuchar una voz conocida. Era Jerónimo Salas. —Hola, ¿cómo estás?

—Muy bien. — él sonrió.

—¿Qué hacés por acá? — No se la veía muy contento de verlo.

—Vine a mirar un poco. Andaba por la zona.

—Qué bien. — Elisa mostró poco interés.

—Te vi saltando. Estuviste muy bien.

—Gracias.

—Oí que estuviste por Córdoba. ¿Cómo te fue? Sé que Carmen Achával puede ser una persona un poco difícil así que me preocupé cuando me enteré que estabas ahí.

—La verdad es que me fue bárbaro. El lugar es lindísimo y aprendí mucho.

—Me alegro, — respondió él, ya no tan sonriente al notar una distancia y frialdad inusual en Elisa.

—¿Adiviná a quién me encontré allá? — Ella tiró la bomba.

— ¿A quién?

— A  Guillermo Darcy. Pasó unos días ahí con su primo Ricardo Figueroa. En realidad estuvieron casi un mes, claro que no se quedaron ahí todo el tiempo de corrido, iban y venían, pero los vi bastante seguido.

—¿A si? Te compadezco. —le dijo, dando pie para que ella iniciara las críticas. Pero Elisa no le dio el gusto.

—¿Por?

Jerónimo levantó una ceja. —Hasta donde  yo sé, no te lo bancás.

Elisa sonrió con falsa dulzura. —Las cosas cambian.

—No me digas que Guillermo cambió después de la gira Europea. Estaba seguro de que iba a volver más engreído que nunca. 

—No creo que haya cambiado mucho, él es como es, pero al conocerlo mejor, me di cuenta de que no es para nada lo que yo suponía.

Si Jerónimo entendió el mensaje, se hizo bien el boludo. —Guillermo siempre fue bastante apegado a su tía. Annie, la hija, manejó todo el tema de la herencia.

Elisa se dio cuenta de que intentaba llevar la conversación al tema de siempre y ella se mantuvo callada, no dándole pie para que continuara. Luego de un rato, Jerónimo se dio cuenta de que el asunto no daba para más y se despidió de ella.

—Me tengo que ir. Fue muy lindo verte. — le dio un beso en la mejilla. Elisa se dio vuelta y se fue para las gradas a esperar a sus tíos, que prometieron venir a almorzar con ella. No escuchó a Jerónimo murmurar …

—Así que Richard y Billy se hicieron un sándwich de Elisa. Debe haber sido un lindo ménage à trois.

Un rato más tarde llegaron Marcela y Esteban. Ya era casi la hora de almuerzo así que enseguida se fueron para la cantina. Mientras comían, charlaron de lo siguiente.

—Todavía no entiendo cómo no te animaste a competir antes. Lo hiciste muy bien. Me encantó tu yegua. — comentó Esteban.

—Recién ahora está empezando a rendir. Igual, creo que todavía le falta un poco. — le respondió Elisa.

—Vas por buen camino. En poco tiempo la vas a poder llevar a avanzados.

—¿Te parece?

—Tenés que tenerte más confianza, Elisa. Sos mejor de lo que creés.

Elisa sonrió, recordando algo parecido que Darcy le dijo poco tiempo atrás. —Tengo que practicar más.

—Eso depende de vos, — dijo Marcela. —Hoy que te vimos competir, me di cuenta de que no tenemos buenos caballos para la escuelita. Necesitamos uno o dos como Brisa para nuestros alumnos. Los que tenemos están bien para dar clase, pero creo que deberíamos tener algo un poquito mejor para los alumnos más adelantados. Sería lindo verlos lucirse en un torneo.

—No la vendo, — dijo Elisa, un poco en chiste, un poco en serio.

—¡Ya se! —Se rió Esteban. —No te estaba tratando de convencer, aunque si un día te decidís, no tenés más que llamarme. Y si alguna vez, por algún motivo, no tenés más lugar en donde tenerla, vos sabés bien que podés contar con nosotros.

Su sobrina le mostró una sonrisa cariñosa. —Sí tío, ya sé.

—Como te decía, — continuó Marcela, —estamos en la búsqueda de caballos. Teníamos ganas a San Antonio de Areco para el Día de la Tradición y después ir a visitar algunos establecimientos de zona norte. ¿Tenés ganas de acompañarnos?

—¡Por supuesto! — Elisa estaba encantada.

—Mirá que nos quedaríamos varios días. Mi prima, que vive en Arrecifes, nos invitó a quedarnos en la casa. — Marcela le dijo.

—No hay problema. Siempre quise ir a la fiesta de Areco y nunca tuve la oportunidad.

—Es lindísima, te va a gustar mucho. También mandé mails a varios Haras de la zona y algunos ya me confirmaron que se pueden ir a visitar. Hay un par que están fuera de nuestro alcance, pero igual me gustaría conocerlos, aunque sea sólo para chusmear un poquito.

—¿Cuáles? — Elisa estaba tan entusiasmada con el viaje que quería saber todo.

—Hasta ahora, me contacté con El Mangrullo, La Peregrina, Tucu-Tucu y …

Con sólo oír el nombre del establecimiento de Darcy, el corazón de Elisa empezó a latir con tanta fuerza que ya no podía escuchar lo que decía su tía. Iría La Peregrina!

 

 

 

 

Capítulo 19

 

Un viernes de noviembre,  bien tempranito a la mañana, Los Girardi y Elisa salieron para Arrecifes. Pararon a almorzar en Lobos y ya cuando llegaban a Mercedes, empezaron a ver a grupos de paisanos engalanados que iban a caballo en procesión a la Fiesta de la Tradición en San Antonio Areco.

A Elisa siempre le gustaron las fiestas tradicionalistas y la conmemoración del Día de la Tradición en Areco era lo que ella consideraba ‘lo máximo’ de la expresión gauchesca. Areco se vestía de fiesta y por un fin de semana era invadido por gauchos, criollos y turistas que celebraban el campo y su forma de vida. Muchos venían a caballo luciendo sus mejores aperos, algunos de pueblos vecinos, otros de ellos de sitios tan alejados como Bahía Blanca, Córdoba o Salta.

El festejo empezó con el desfile de agrupaciones tradicionalistas de las diferentes regiones. Luego vino el turno de las tropillas y Elisa se quedó boquiabierta al ver a los a las pequeñas manadas de caballos completamente sueltos enjambrarse detrás de la yegua madrina que era llevada de tiro por las calles del pueblo.  

Luego de un generoso asado organizado por el Municipio –la parrilla tenía más de 20m de largo--, se trasladaron al enorme predio en donde tenían lugar la mayoría de los eventos. La tarde empezaba con jineteada y no siendo muy fanática de esa disciplina, Elisa se fue para una de las calles laterales a ver carreras de sortija. Volvió con sus tíos para el ‘entrevero de tropillas’ y al caer la tarde la noche, el centro de la pista se llenó de fardos de paja que se encendieron para dar comienzo a la ‘Retreta del Desierto’. Uno a uno, los gauchos azuzaron a sus parejeros para cruzar a todo galope el muro de fuego. Cuando pasó el último, se dio fin a la fiesta.

A pesar de haber llegado agotada después del largo día, Elisa estaba tan ansiosa que casi no pudo dormir esa noche. Al día siguiente irían a La Peregrina, según le comentó su tía cuando volvieron a la casa y pudo escuchar los mensajes en el celular. Se había quedado sin batería así que en cuanto llegó, de devolvió el llamado al tal Anselmo Reynoso, y le confirmó que estarían en allí después del almuerzo. No tuvieron tanta suerte con El Mangrullo, que no estaba recibiendo visitantes debido a un importante evento familiar que tenía lugar en el casco de la estancia. 

Próximo destino, La Peregrina.

 

 

Los Figueroa eran una familia tradicional y muy poderosa de los pagos de Capitán Sarmiento. Además de ser los dueños de la bicentenaria estancia El Mangrullo, de más de 2500 hectáreas en la mejor zona de campos de la provincia de Buenos Aires, eran propietarios en un conglomerado de empresas y emprendimientos que los situaba entre las familias más ricas del país. Eran sinónimo de refinamiento y clase y la fiesta de 45 años de casados de Roberto y María Elena no podía ser menos que opulenta. Fueron más de 300 invitados entre ellos los más altos exponentes de la clase alta argentina, políticos y personalidades de todo tipo.

—Guillermo, al fin te encuentro, — Ricardo se escabulló en el estudio de su papá, en donde aparentemente se había recluido su primo. Lo encontró apoyado en el marco de la ventana con un vaso de whiskey en la mano y la mirada perdida en los enormes jardines de la casa.

—Por favor no me digas que te escapaste a fumar otra vez. — Le contestó Darcy, mirando por sobre su hombro.

—No seas ridículo. Para eso me hubiera ido al jardín.

No le prestó más atención y volvió su vista a la ventana.

—En realidad te estaba buscando a vos.

La respuesta de su primo no vino en el mejor tono. —¿Qué querés?

Ricardo lo conocía como la palma de la mano. Darcy podía ser muy retraído y en general poco comunicativo, pero era muy transparente con sus emociones y Ricardo sabía cuando algo no andaba bien. Desde hacía semanas que prácticamente no aparecía y cuando lo hacía se lo veía apático y malhumorado. Ni Justina, que era la luz de sus ojos, lograba alegrarlo. A Ricardo le parecía muy raro que estuviera así cuando todo parecía estar saliéndole tan bien profesionalmente y acababa de alcanzar uno de sus mayores logros de su carrera deportiva.

—Eh, no te alteres. —Ricardo le respondió.

—Vos no rompas.

—No rompo, simplemente me preocupo.

—No hay nada de que preocuparse.

Ricardo lo vio vaciar el vaso de un trago. —No me parece. Guille, andás borrado desde hace tiempo y cuando uno te habla, contestás para la miércoles. Hasta Justina se está empezando a preocupar. ¿Qué te pasa?

—Nada, ya te dije.

Ricardo cambió la estrategia. Cuando se encerraba en sí mismo, Darcy era intratable y siempre era mejor intentar sonsacarle las cosas por las buenas que por las malas. Se acercó a la ventana y le llenó el vaso. Al ver que su primo no se iba y también se había servido un trago, Darcy se aflojó y bajó un poco sus defensas.

—No me pasa nada, Richard, en serio.

—Va a ser mejor que empieces a hablar. No pienso moverme de acá hasta no saber que te pasa. — Ricardo sabía que con un poquito de paciencia –y talvez algo de alcohol—iba a poder averiguar qué lo tenía tan triste

Su primo lo miró de reojo. Si algo podía decirse de Ricardo Figueroa, es que era insistente como pocos. Al final, cedió.

—Me mandé una cagada.

Esto sí que era una novedad. Darcy no era de decir palabrotas y mucho menos de cometer errores que el común de la gente pudiera considerar ‘una cagada’. Siempre fue muy responsable, tal vez un poco obsesionado con la perfección, pero buena persona e incapaz de hacer algo malintencionado o incorrecto. Pero sus metas eran generalmente tan altas que cuando no las alcanzaba terminaba frustrándose muchísimo.  O estaba exagerando, o simplemente no podía soportar el haber fallado en algo. Sea lo que fuera, Ricardo moría por saber qué lo había afectado tanto.

—¿Qué tipo de cagada?

—Con una mujer.

Las cejas le treparon hasta el cuero cabelludo. Definitivamente no el tipo de problema en el que se hubiera imaginado ver envuelto a su primo.

—No me digas que embarazaste una mina.

Darcy respondió con evidente fastidio. —Por favor, Ricardo, no seas ridículo. No puedo creer que hayas pensado eso.

Sorry, che, no te pongas así. No conozco muchas ‘cagadas’ que puedan hacerse con una mujer salvo la de acostarse con una sin usar preservativo. —Darcy no contestó así que insistió un poco más. —¿Me vas a contar o  no? Porque si no embarazaste a nadie, no veo cual es el problema.

—Yo no dije que tuviera un problema, dije que me mandé una cagada. Cometí un error, me equivoqué, ¿no entendés?

—Y vamos de nuevo. ¿Qué clase de equivocación?

—Ella me odia.

—¿Quién te odia?

—Elisa.

Epa, cada vez se ponía más interesante. Su primo, el hombre más autosuficiente del mundo, estaba hecho un trapo de piso porque una chiquilina que trabajaba para su tía lo odiaba.

—¿Elisa, la empleada de Carmen? — preguntó Ricardo mientras observaba como su primo se tomaba dos largos tragos de whiskey puro.

—La misma.

—¿Y se puede saber porqué te odia?

—Porque soy un imbécil.

Ricardo bufó divertido. —De eso no hay duda, pero vas a tener que ser un poco más específico.

Luego de una pausa, Darcy finalmente confesó. —La invité a salir.

Nuevamente se hizo un silencio y Ricardo no tuvo otra que preguntar— ¿Y?

 —Me dijo que no.

Eso debe haber sido digno de verse, pensó Ricardo mientras se mordía el labio inferior para evitar reírse. Al ver que su primo no extendía su relato, insistió una vez más.

—¿Vas a hablar o te voy a tener que sacar todo con un sacacorchos? Vení, — le puso la mano sobre el hombro y lo guió hacia el sillón del estudio, — sentate y contame.

Una vez sentado, Darcy empezó a hablar. Le contó a su primo la atracción que sintió por Elisa prácticamente desde el día que la conoció, su decisión de no hacer nada al respecto y la emoción de reencontrarla en Córdoba. Luego habló de cómo fue a la casa de los Colina aquel día de la tormenta, la conversación que mantuvieron y lo mal que terminó la discusión. Conociéndolo tan bien, Ricardo se imaginó lo que debió haber dudado antes de invitar a Elisa a salir.

Ricardo sintió un  poco de pena por él. El pobre perdió a su madre cuando apenas tenía nueve años y luego su padre lo mandó a estudiar al exterior y se crió sólo y desarraigado. La enfermedad y muerte de su padre lo enfrentó a enormes responsabilidades desde muy temprano en su vida y todo eso lo hizo aún más reservado con la gente de afuera del círculo familiar. Ricardo lo vio sufrir en silencio las enormes pérdidas que padeció y reprimir emociones de una manera que muchos considerarían poco saludable. Pero también sabía que su primo era un hombre muy pasional y sensible y cuando bajaba sus defensas, este aspecto de su personalidad afloraba muy intensamente. Si realmente estaba enamorado de esta chica y todo le salió tan mal (aunque se lo haya buscado), entendía su desesperación. Ricardo lo escuchó, le volvió a llenar el vaso y lo ayudó a hacer las paces consigo mismo.

—Pensé que después de tantos años de andar con tu primo ibas a aprender algo, pero por lo visto, no. — Ricardo le tomó un poco el pelo.

Darcy apoyó los codos en las rodillas y se tomó la cabeza. Todo le daba vueltas. —No me causa gracia.

—Billy, —Ricardo se reclinó hacia adelante y le habló en una voz amable. —No fue para tanto. ¿Y si la llamás y le pedís disculpas? Eso sería lo correcto.

—Me va a sacar carpiendo.

—No perdés nada con probar. Si en la carta pusiste todo lo que me comentaste, seguramente ya no piensa tan mal de vos.

—No puedo.

Ricardo ya estaba en el límite de su paciencia. —Entonces dejate de joder y sacátela de la cabeza. O hacés algo, o la cortás, pero así no podés seguir.

—No puedo, Ricardo, la quiero. —Dijo él, completamente abrumado. — La quiero como jamás quise a nadie en mi vida.

—Bueno, está bien. — El primo mayor le puso la mano en el hombro y lo instó a levantarse. —Estás demasiado cansado y borracho como para pensar con claridad. Mañana, con la cabeza fresca, nos tomamos un café y vemos que hacemos. Dale, metete en la cama y dormí un poco.

Darcy durmió largo y profundo esa noche. No hubieron visiones de Elisa ni angustia en sus sueños, sólo el descanso que llega después de sacarse un gran peso de encima y de hacer la paz con uno mismo. Se despertó tarde, renovado y con una sensación de esperanza y positivismo como no había sentido en mucho tiempo. Luego de almorzar con su familia, partió rumbo a su casa con un extraño presentimiento de que algo estaba por cambiar en su vida.

 


Capítulo 20
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