Las leyes modernas nos dicen que ya no hay castas en nuestras tierras, que no hay realeza ni privilegiados, pero la realidad nos vive demostrando lo contrario. Esta es una historia de amor que transcurre en un mundo regido por el dinero y las apariencias, en donde los ricos se creen superiores a los pobres y en donde los pobres, por buenos que sean, son víctimas de la falta de recursos.

 

Como diría el refrán: Yerno rico, suegra feliz.

 

 

Capítulo 1

 

—Tomás, Tomás! — Adela se acercó trotando al corral.

—Ay, no, ahí viene. — Tomás miró para otro lado. —Hacé de cuenta que no la oíste.

—Papá— su hija Elisa sonrió, —ya está acá.

—Ignorémosla un poco más. Con suerte, se va.

—Si, justo mamá se va a perder la oportunidad de contarnos el gran chisme.

— ¡Tomás!— Adela llegó sin aliento. —No sabés lo que me enteré recién en el pueblo. Alquilaron La Reconquista! Me lo contó Pochi, la panadera, que se enteró por la novia del hijo, Betito, el mayor, ¿te acordás?— no esperó respuesta y continuó, —Bueno, la piba trabaja con Marta, la de la inmobiliaria y el martillero le comentó que un grupo de jinetes de Buenos Aires viene para acá para entrenar para un torneo internacional! ¡No sé bien porqué eligieron este lugar, parece que por el brote de influenza que hay en el norte, pero vienen y se van a quedar por un par de meses! ¡No me digas que no es una oportunidad excelente para hacer negocios con ellos!

—¿Negocios?— respondió su marido. —Sí, claro, ¿qué crées que tenemos para ofrecer que a ellos les pueda interesar?

— ¡Nuestro conocimiento del tema! Al final, fuiste un jinete famoso alguna vez, hasta llegaste a la final del Nacional en el ‘75, no ganaste pero… estuviste, ¿no? Elisa entrena caballos, ¿no? — Adela prosiguió, a pesar del poco interés que demostró su marido. —Julieta es veterinaria, recién se recibió, pero seguro que en algo va a poder ayudar. Creo que tenemos que intentarlo, tenemos que expandir nuestros horizontes. Hablá con el doctor Ramírez que seguro que él los conoce, y decile que nosotros queremos conocerlos.

Tomás le guiñó el ojo a su hija, decidido a hacer sufrir a su esposa un poco más. Tomó la montura y la guardó en el galpón. Elisa hizo lo mismo con las cabezadas.

— ¿Me estás escuchando?— Adela insistía. —Este es nuestro momento. Podemos hacernos conocer como la mejor escuela de equitación de Mar del Plata, la chacra que mejores caballos de salto tiene, los mejores entrenadores de caballos del sur de la provincia, los …

— ¿No querés que también les ofrezcamos a alguna de nuestras hijas? Al final, tenemos cuatro chicas casaderas, de buena presencia, para colocar. Bueno, tres, Cata todavía es menor de edad, pero seguro que algún arreglito podemos hacer.

La cara de Adela se iluminó. — ¡Tenés razón! ¿Te imaginás?  ¡Nuestras chicas casadas con polistas famosos, como las Trillizas de Oro!

Elisa ya no aguantaba más tanta estupidez. —Mamá, los que vienen no son polistas, son jinetes de salto. Y ya hablamos con el Dr. Ramírez; y ¿adiviná qué?

—¿Qué? — repitió su madre cual loro barranquero ¹.

—El lunes empiezo a trabajar allá. Julieta también. ¿Qué tal?

Padre e hija se encaminaron hacia la casa, seguidos por la incansable Adela. — ¿Cómo no me dijeron? ¿Cuándo pasó? ¿Y qué vas a hacer? ¡Cuéntemne!

—Vareo,  tusar, lo que hago siempre, mamá.

—No me digas que vas a ser la petisera de esos tipos, Elisa. Estás para más.

—¿En serio? ¿Para qué?

—No sé, montar, saltar y esas cosas.

—Mamá, son un equipo internacional de salto. No necesitan jinetes, ELLOS son los jinetes.

—Pero … pero …— Adela, en sus chinelas, se esforzaba por seguirlos mientras los otros dos redoblaban el tranco. — ¡Tomás! ¡No me dejen así, cuéntenme!

 

 

La Arboleda era una típica chacra del sur de la provincia de Buenos Aires, situada en Villa Esperanza, a varios Km. al noroeste de la ciudad de Mar del Plata. En una excelente zona de pasturas, estuvo alguna vez rodeada de algunos de los mejores Haras de caballos de carrera del país. Por supuesto, los difíciles años por los cuales pasó la Argentina, la inestabilidad política y los eternos vaivenes económicos tuvieron un gran efecto en la región y muchos de esos grandes establecimientos, opulentos y gloriosos, vieron un final poco feliz. Así fue como estancias prósperas en tiempos de la plata dulce se convirtieron en emprendimientos turístico-rurales y los campos de cría de caballos se transformaron en cultivos de papa.

Sin embargo, la chacra subsistió a pesar de los inconvenientes y lo que en  principio se creó como un centro de entrenamiento ecuestre terminó siendo un lugar que organizaba cabalgatas y días de campo para turistas nacionales y extranjeros con pretensiones de ser gauchos por un día. Con eso y algunos pocos caballos que recibían para pensionado y entrenamiento, la familia Benítez se las rebuscaba para subsistir sin mayores privaciones.

Tomás Benítez era la cabeza de la familia. Alguna vez fue un jinete reconocido que pudo haber llegado lejos en torneos, pero la falta de recursos no le permitió avanzar. La equitación es un deporte carísimo. En sus años mozos, Tomás tuvo la suerte de conseguir un sponsor, un estanciero con mucha plata y poco que hacer que buscaba buenos jinetes para llevar sus caballos a los ranking nacionales y le fue bien por un tiempo. Todo parecía que iba para adelante hasta que ocurrió la fatalidad. Tomás tuvo una caída fea y una lesión en la espalda que le impidió volver a montar. El juicio fue largo, pero la indemnización suficiente como para comprar una pequeña chacra cerca de Mar del Plata a la que llamó La Arboleda. Por esos tiempos hacía poco se había casado con Adela, conocida en el pueblo por su hermosura y su poca inteligencia. Tomás cayó bajo los encantos de esta belleza de sólo 18 años a quien, por esas fatalidades de la vida (y exceso de alcohol en una noche de calentura), embarazó y con quien se vio obligado a casarse de apuro al ser enfrentado por la escopeta de su nuevo ‘suegro’. En pocos años de matrimonio ambos produjeron las cuatro de las chicas más preciosas que Esperanza y zonas aledañas hayan visto.

Benítez no solo tenía debilidad por las mujeres bonitas (aunque vivir en un pueblo chico marcó de cierta forma el final de sus correrías) sino que además sentía una gran pasión por los deportes ecuestres. Si corría y usaba montura (ya sea caballo de carne y hueso o electrónico) le apostaba unos pesos a sus sedas. Y como es bien sabido, no hay nada peor para un apostador que tener un hipódromo o un casino al alcance de la mano. Podrán imaginarse los desastres de los cuales Tomás era capaz cuando se escapaba para Mar del Plata y reventaba lo que tenía y lo que no en las mesas del Provincial ².

A pesar de los vaivenes provocados por los vicios de Tomás, la familia continuaba unida y luchando. Julieta, la mayor, tan bonita como inteligente,  pudo recibirse de veterinaria y consiguió un trabajo como asistente del veterinario de la zona.  Elisa, la segunda, de una belleza menos refinada que su hermana, pero con la misma tenacidad y viveza, heredó de su padre el amor por los caballos y en sus cortos 20 años llevaba adelante la ardua tarea de entrenar los pensionistas de la chacra. Las otras dos hermanas salieron a la madre: hermosas –por lo menos una de ellas-, tontas y perezosas. Catalina, la menor, de sólo 17 años, entre un novio y otro, todavía estaba pensando como rendir las 11 materias que le faltaban para terminar la secundaria mientras que María, la menos favorecida del lote, sin mayores ambiciones en la vida, al menos había conseguido empleo como cajera del supermercado del pueblo.

Los caballos de La Arboleda no eran gran cosa. La mayoría eran los típicos criollos mezclados de cabalgata que con un recado y un buen tuse hacían que los turistas se sintieran como salidos de las páginas del Martín Fierro ³. Después estaban los petisos para los chicos y algunas yeguas de cría que vieron mejores tiempos. Por lejos, en lo que calidad se refiere, lo mejor que tenían los Benítez era Brisa, una potranca alazana producto de una yegua de salto con uno de los mejores padrillos que tuvo una estancia vecina. Pagaron fortunas por el servicio, pero valió la pena. Brisa era hermosa y con excelentes aptitudes para saltar. Pero lo que tenía de linda, lo redoblaba en rebeldía. Era caprichosa, desobediente y terca. Y para Elisa, tan terca como su yegua, entrenarla para convertirla en una campeona se convirtió no solo en una meta, pero también en un desafío.

Así fue como una chica con amor por los caballos del sur de la provincia de Buenos Aires se encontró con la posibilidad única de trabajar con cuatro de los mejores jinetes de Sudamérica. Lo que nunca imaginó esta chica es como este evento iba a cambiar su vida.

 

 

El primer día de trabajo en La Reconquista fue bastante duro. Si bien el establecimiento tenía todo lo necesario para acomodar caballos, las instalaciones estaban destruidas. Hubo que limpiar establos, arreglar cercos, cortar pasto, podar plantas, reparar cañerías y limpiar la casa. Por suerte el Dr. Ramírez, quien hizo el contacto con el equipo y consiguió el lugar, contrató a un par de ayudantes para hacer el trabajo pesado y las chicas sólo tuvieron que ocuparse de acondicionar el lugar en donde iban a estar los caballos, desempacar los equipos y ver que no faltara nada en la casa.

—Mirá, Carla, una Toptani. Nunca había visto una de estas personalmente, — Elizabeth dijo con asombro mientras acariciaba el suave cuero de la montura.

— ¿Y qué cornos es una Toptani?— Preguntó Carla, hija de. Dr. Ramírez y amiga de la infancia de Elisa.

—Un modelo de montura. Las hace Parkers. Son los que le fabrican las monturas a la familia Real de Inglaterra.

—Debe salir una fortuna. ¿De quién creés que es?

Elisa le mostró las iniciales GD grabadas en la solapa. —Por lo visto, de Guillermo Darcy.

—Tenía que ser— Dijo Carla. —Está podrido en plata.

Elisa tomó el papel con la lista de los binomios que conformaban el equipo y lo leyó una vez más.

·       Luisa Hurtado            Papillon

·       Carlos Barrechea       Sonata

·       Guillermo Darcy        Tuareg

·       Teodoro Hurtado       Gin Tonic

 

— ¿Qué?— Carla espió por detrás del hombro de Elisa. — ¿Todavía no te los aprendiste? ¡Mirá que son sólo cuatro!

—Obvio que me los sé, tonta, es imposible no conocerlos. Estos son los mejores jinetes del país. Están entre los mejores de América. Del mundo.

Carla no era tan fanática del salto como su amiga, ni siquiera le gustaban demasiado los caballos, pero como su padre era un renombrado veterinario de equinos de la zona no tuvo más remedio que meterse en el tema. Así aprendió, a los ponchazos, y al final le terminó gustando.

—No sabía que Darcy había vuelto al ruedo. — comentó Carla. —Hace más de un año que no compite.  Me contó mi viejo que el caballo nuevo que tiene es fabuloso. Es más, dice que si hace una buena campaña este año puede formar parte del quipo olímpico. Además, ese Darcy está re-fuerte.

Elisa puso cara de fastidio. No en vano llamaban a su amiga Carla la Calentona. Carla siempre fue medio rapidita con los muchachos y no tenía ningún problema en hacérselo saber a los demás. —Lo vi un par de veces por la tele, hace unos años, montando una yegua tordilla.

En el camino, acerándose a la tranquera, apareció un gran trailer azul tirado por una camioneta. Las chicas lo siguieron con la mirada.

—Miss D, creo que se llamaba. ¿No se enfermó justo cuando él se retiró? O al revés, no me acuerdo. 

La camioneta se estacionó cerca de los árboles y dos hombres descendieron de ella.

—Creo que sí. — Dijo Elisa mientras observaba como los dos hombres bajaban la rampa del trailer. —¡Che, mirá eso! ¿No es divino?

—Mmmm, divino. — Carla miró con ojitos brillantes de lujuria.

—Y, mirá como camina. Qué clase tiene. Te juro que tiene el mejor posterior que vi en mi vida.

—Un culo precioso. Para pellizcárselo.

Elisa soltó una carcajada. Obviamente no estaban hablando de lo mismo. — ¿De quién hablás?

—De Guillermo Darcy, tonta. ¿Y vos?

— ¡Del caballo! ¡Obvio!

—Elisa, creo sos la única mina que se pone a mirar un caballo cuando delante al jinete más hot del Sudamérica.

Elisa saltó fuera del corral y enfiló hacia los recién llegados. —Prefiero ver caballos, son más confiables y mejores compañeros que la gente. Además, son más lindos de mirar.

Carla la siguió. —Eso porque nunca tuviste a un papucho como Darcy adelante tuyo. En cuanto lo tengas, te quiero ver.

Para cuando las chicas se acercaron a los jinetes, el Dr. Ramírez ya estaba haciendo su primera inspección del caballo negro que sostenía Darcy. A su lado, Elisa reconoció a la cara sonriente del que fue tapa de la última Equiworld Magazine, Carlos Barrechea, quien estaba tratando de calmar a su yegua alazana.

Ramírez hizo las presentaciones.

—Señores, les presento a sus dos nuevas asistentes, Elisa y Carla. Trabajan con caballos de salto desde chiquitas, así que no solo son bonitas y simpáticas pero también muy capaces, je, je. — El pobre doctor tuvo toda la intención de ser gracioso, pero nadie se rió. —Y esta que viene acá es Julieta, mi ayudante. Juli también es veterinaria. Como verán, mejor atendidos no pueden estar.

Las tres chicas saludaron con unos sonrientes ‘holas’.

—Bueno, — dijo Ramírez, —a trabajar. Chicas, lleven los caballos a los establos.

Carla tomó la rienda de Sonata y la llevó hacia el edificio.

—Tuareg, ¿no?— Elisa iba a hacer lo mismo con el caballo negro, pero Darcy, quien asintió con la cabeza, no le daba el cabestro.

Ella extendió la mano, esperando que se la diera, sintiéndose más que tonta. Muy hot el hombre, pero un reverendo tarado. —¿Le saco las vendas?

Al final, Darcy le cedió el cabestro. —Sí.

Antes de que Elisa pudiera darle las gracias, Darcy se dio vuelta para decirle algo a Carlos.

 “Cerdo”, pensó Elisa encogiendo los hombros. “Andá a saber que le pasa.” Con Tuareg detrás, Elisa marchó hacia los boxes en donde Carla estaba cepillando a Sonata. No pudo evitar oír lo que Darcy le dijo a Carlos.

— ¿Estás seguro de que sabe lo que hace? Esa chica no tiene ni veinte años.

—Tranquilo, viejo, — dijo Ramírez con su aire campechano, —Elisa es toda una experta.

—Además están bastante lindas, ¿no te parece? Algo me dice que acá la vamos a pasar más que bien— agregó Carlos con la mirada fija en Julieta.

—Si me vine hasta acá fue para entrenar, no para perder el tiempo con jinetes de segunda. Y te sugiero que vos hagas lo mismo.

Carlos, conocedor del temperamento hosco de su amigo, puso cara de miedo y luego largó una carcajada. Darcy siempre se tomaba las cosas demasiado a pecho.

Lamentablemente para Darcy, el comentario no sólo fue oído por Carlos, sino también por Elisa, quien no tuvo ningún reparo en correr hacia donde estaban las chicas y repetírselo a Carla y a Julieta. Las tres se descostillaron de risa.

— ¿En serio dijo eso? ¡Qué salame!— Carla exclamó tan fuerte que  Darcy y Carlos se dieron vuelta para por qué se reían.  

Sí, era obvio que lo escucharon.

 

 

Aunque más que deseosa de cuidar de uno de los mejores caballos que Elisa jamás haya visto en su vida, le fue negado el placer de atender al magnífico Tuareg. Al parecer, al jinete más hot de Sudamérica (según Carla) era bastante mezquino con su montado, ocupándose él personalmente de sus necesidades. Bueno, casi todas, porque la bosta no la juntaba ni loco.  Mientras los demás jinetes dejaron en las chicas las tareas más pesadas (cepillado y ejercitación con rienda) Darcy hizo todo él mismo.

Igual, Elisa no le quitó los ojos de encima durante la hora y pico de entrenamiento. Tuareg era todo lo que ella siempre buscó en un caballo. Grande, fuerte, de un color negro intenso y brillante, con líneas perfectas y una potencia increíble. Un desborde de belleza y energía. La verdad es que Elisa nunca había visto un caballo tan bien entrenado y a la vez tan espontáneo. Tuareg respondía perfectamente a los comandos de voz, sin necesidad de tirones ni latiguillo. Cuando Darcy terminó el ejercicio, llamó a su caballo a un alto y caminó hacia él, y Tuareg hizo lo mismo.

Aunque Elisa no pudo escuchar bien desde donde estaba, sintió que Darcy le susurraba algo al caballo. En repuesta, Tuareg olfateó los bolsillos de su camisa y recibió su recompensa de unas rodajas de zanahoria. Luego, después de una palmada en el cogote de Tuareg, contentos con el resultado del ejercicio, jinete y caballo partieron hacia los establos.

Una vez que Darcy se fue, Elisa se reclinó en la puerta del box de Tuareg.

—Ey, — Lo llamó.

El caballo la miró, pero no se movió.

—Che, vení. — Hizo ruido a besos, pero no obtuvo resultado. Es más, Tuareg giró en el establo, dejándola frente a frente con su gran trasero negro.

Resignada, Elisa decidió no sociabilizar más con el animal. —Al final es cierto, — suspiró, —todos los animales se parecen a su amo.

 

 

Los miembros faltantes del equipo llegaron durante la tarde. Eran nada más y nada menos que Luisa y Teodoro Hurtado, jinetes renombrados de Buenos Aires. Con ellos también llegó Carolina, hermana de Carlos Barrechea y de Luisa. Caro, como le decían sus hermanos, no era parte del equipo, ni siquiera montaba, pero como no tenía muchas cosas que hacer en la vida más que encontrar marido rico, no se iba a perder la oportunidad de pasar unos meses confinada junto a Guillermo Darcy y convencerlo de que ella era la mujer ideal para él.

A la mañana siguiente, bien temprano, Elisa estaba en La Reconquista dejando todo listo para el primer día de entrenamiento en serio de caballos y jinetes. Le estaba trenzando la cola a Tuareg cuando escuchó un suave silbido.

—Buen día, cabezota, — Dijo Darcy, acariciando el morro de su caballo. — ¿Dormiste bien? Yo tampoco. Nada como estar en casa. Pero hay que acostumbrarse, es sólo por un tiempo. ¿Todavía no estás listo? El viejo nos va a matar.

—Estaba por ensillarlo, — apareció Elisa por detrás del caballo, —enseguida se lo tengo listo.

—No, está bien, yo me arreglo, — respondió Darcy, algo sorprendido de verla.

Sin siquiera mirarla, Darcy entró al establo y sacó al caballo para ensillarlo. Para cuando se fue, una furiosa Elisa ya lo había puesto al tope de su lista de los más odiados.

 

 

 

Los primeros en ejercitarse fueron los Hurtado. Primero vino Teodoro con el poderoso Gin Tonic. Teo, como le decían, no era un gran jinete, ni bueno ni malo, promedio podría decirse. Elisa no podía entender como era parte de semejante equipo. Aunque se decía por ahí que en pista era muy bueno, muy competitivo y su montado, Gin Tonic, era realmente espectacular.

Luisa, por el contrario, era genial. Una excelente amazona, liviana como una pluma, elegante, pero capaz de conducir al volátil Papillon con mano de hierro y una destreza admirable.

Después vino Carlos –Charlie, como le decían los íntimos. Su fuerte era el Cross Country, por lo rápido, muy decidido y talvez demasiado audaz para el salto tradicional. Pero él y su yegua, la explosiva Sonata, eran un binomio ideal para esa disciplina, imparables en la pista.

Para cerrar el día, entró Darcy con Tuareg y Elisa no tuvo ojos para otra cosa. Eran lo máximo. Le tomó un tiempo encontrar las palabras exactas para describirlos –y todavía se quedaba corta- ya que eran una perfecta combinación de gracia, estilo, potencia y destreza. Magníficos. Caballo y jinete se complementaban perfectamente. El caballo tranquilo y dócil que ella cepilló en el establo se transformó en una bestia poderosa, casi imparable que respondía perfectamente a los comandos de su conductor. Se comían la pista, pasando obstáculos con precisión casi matemática.

Una vez terminado el entrenamiento, Julieta revisó los caballos. Con el brote de influenza en el Norte, ningún cuidado era demasiado. Todos pasaron rápido menos Sonata, ya que Carlos no paró de hablar, distrayendo a Julieta con preguntas sobre la zona, qué se podía hacer a la noche, donde se comía bien, si había cine en el pueblo y sacándole algunos datitos personales tales como estado civil, signo del horóscopo, número de celular, dirección, en fin, todo lo que podía saberse de una persona. No al cuete le decían ‘Rapi-Charlie’.

Como correspondía, Elisa se ofreció para bañar a los caballos, pero, como siempre, Darcy rechazó su oferta.

—Gracias, yo me arreglo.

 “Este tarado no sabe decir otra cosa,” pensó Elisa suspirando. Pero la bronca no le duró mucho cuando vio al dúo jugando con el agua. A Tuareg le encantaba bañarse y su dueño le dio el gusto. Un cerdo ese Darcy, pero sin duda sabía como tratar a un caballo.

 

¹ Especie de loro verde muy común en las barrancas de los Ríos de la Plata y Paraná. Son conocidos por ser extremadamente ruidosos y algo destructivos.

² El gran casino de Mar del Plata

³ por  José Hernández. Narra a la vida del Gaucho en forma de payada

 

 


Capítulo 2

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